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—¿Dónde está el comisario? —¡El comisario Llanos se fue a almorzar! —gritó un agente. Los parlantes habían dejado de emitir las proclamas. Era la una de la tarde y todo el pueblo se disponía a la siesta. Ignacio avanzó hacia la municipalidad.
Un agente le salió al paso. —No puede entrar, señor. —Orden de quién. —Del comisario Llanos, señor. —Y vos, ¿cómo te llamás? —García, señor. —¿Y vos? —se dirigió al otro agente. —Comini, señor. No puede entrar. —¿Dónde andan los otros? —Acuartelados, señor. —Ajá. ¿Quién los manda? —El comisario, señor. —¿Y si no está el comisario? —El oficial Rossi. —¿Y si no está?.

Los agentes se miraron. —¡Acá mando yo, carajo! ¡Firmes, carajo! —gritó Ignacio. Se cuadraron. —A vos, García, te nombro cabo y te aumento el sueldo. ¿Cuánto ganás? —Ciento cuatro mil con el descuento y el salario familiar, don Ignacio. —Te vas a ciento cincuenta. —Gracias, señor. —¡Cabo García! —Ordene, señor. —Mande al agente Comini a buscar al placero. —Sí, señor. ¡Agente Comini! —Sí, mi cabo. —¡Corra a buscar al placero Moyano! ¡Rá- pido! Comini cruzó hacia la plaza. —Cabo García. —Señor. —Venga que le firmo el ascenso.
—Sí, señor. Gracias, señor. Entraron a la municipalidad. Ignacio cerró la puerta de acceso. En la oficina Mateo estaba solo, encorvado en una silla. Su cara se había vuelto pálida. Al ver al delegado se puso bruscamente de pie.

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«No se sabe nunca cuándo se nace: el parto es una simple convención. Muchos mueren sin haber nacido; otros nacen apenas, otros mal, como abortados. Algunos, por nacimientos sucesivos, van pasando de vida en vida, y si la muerte no viniese a interrumpirlos, serían capaces de agotar el ramillete de mundos posibles a fuerza de nacer una y otra vez, como si poseyesen una reserva inagotable de inocencia y de abandono. Entenado y todo, yo nacía sin saberlo y como el niño que sale, ensangrentado y atónito, de esa noche oscura que es el vientre de su madre, no podía hacer otra cosa que echarme a llorar».

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El hombre que está solo y espera, Raúl Scalabrini Ortiz
Buenos Aires, 1931

DELEGACIÓN DE UN DESTINO

(…) La prudencia porteña tiene una frase para prevenir a los que lesionan con su atolondramiento las incumbencias del estado. “No te metas”, dice el porteño. Esta es frase que despertó la atención del conde de Keyserling. El “No te metas” es,
verdaderamente, una pauta de la idiosincracia porteña, pero no es un consejo dirigido a rectificar resoluciones personales. Nadie dice “No te metas” a quien va a presentar la renuncia de su cargo, a quien se declara dispuesto a pelear con sus parientes, a quien se decide a convenir un negocio.
“No te metas” es una prevención trascendente, no doméstica. Quiere recordar: “No te metas en un asunto que no es tuyo y es privilegio del estado.
Avisa a los representantes de la autoridad”.
“No te metas, que si te va bien no te lo agradecerán y si te va mal se reirán de vos”. “No te metas a apagar ese principio de incendio”. “No te metas a delatar ese contrabando”. “No te metas a cuidar la vida de los bañistas que se adentran en
el río”. “No te metas en las cosas que el estado debe cuidar”. “No te metas en las pertenencias en que señorea la nación; en el resguardo de las personas y los bienes, en el mantenimiento del orden y de la moral”. Quien transgrede esas prerrogativas estaduales es pasible de pena.El ridículo es la que generalmente endosa la clemencia del Hombre de Corrientes y Esmeralda.
Por otra parte, mientras el centralismo del estado no hiere sus derechos, lo que no es fácil pues él los prohíja meticulosamente, el individualismo del Hombre de Corrientes y Esmeralda gana con esta delegación. AI emanciparse de la administración de todo destino ajeno al suyo personal, hasta del destino del espíritu de su tierra que es uno
de sus pocos amores, quizá el más absorvente, pero que está emponzoñado por la idea del tiempo, queda más libre en una soledad más lícita: solo con sus divagaciones. Así espera la coordinación que algún día sobrevendrá de sus instituciones escritas y de sus sentimientos. El no hace nada, porque está convencido de que su movilidad sería
nociva para los demás porteños y estéril para la nación, en quien delegó sus atribuciones. Y es tan completa la delegación, que el porteño se permite hablar mal del estado. Si él lo perjudica con sus habladurías, el estado tiene medios para hacerlo callar. Pero él no protege al estado con su silencio. (…)

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