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LA MUJER EN LA DICTADURA

LA MUJER EN LA DICTADURA

Por Ana Belén Marrello

El pasado 26 de marzo, la socióloga Dora Barrancos disertó sobre el rol de la Mujer durante la última dictadura cívico militar argentina, en el marco del ciclo ‘Cultura, Género y Diversidad’ organizado por la Subsecretaría de Cultura de la Gran Logia Argentina.

La historiadora e investigadora celebró este tipo de charlas organizada por una cofradía que “a lo largo de los tiempos ha ido cambiando su fisonomía absolutamente patriarcal”, según calificó. Sin embargo, destacó que “desde el fondo de los tiempos las mujeres también integraron la Masonería”, y reconoció, en el caso de las masonas argentinas, una cierta correspondencia con el Feminismo inaugural, en su lucha antipatriarcal. En este sentido, evocó a dos mujeres masonas como María Abella Ramírez, uruguaya habitante de la ciudad de La Plata, “editora de la primera revista feminista argentina llamada Nosotras”, y Alicia Moreau, “que se incorporó a la Masonería y quien junto con Julieta (Lanteri) tuvieron algunos enfrentamientos con relación a actuaciones represivas de la Policía”.

Respecto de los años 60 y 70, Barrancos subrayó que en las y los jóvenes de esa época urgía la necesidad de la transformación radical de la sociedad y que “hubo un alineamiento de muchísimas mujeres militando en muchos frentes políticos y sociales”. Destacó, además, “la contribución notable, no solamente en Argentina sino en América Latina y en países de occidente, de las mujeres que se habían volcado masivamente, en los 50 y 60, hacia los estudios universitarios”.

“Ese beneficio extraordinario de la Educación en la Argentina significó una caracterización renovada años más tarde, por los pactos que vienen en los 40 y 50, de la ampliación de la educación media que fueron a dar entonces en aquellas oleadas de incorporación masiva de las mujeres a la universidad”, resumió la socióloga y agregó: “La universidad fue muy estruendosa en la modificación de nuestros sentimientos, de nuestras sensibilidades; desde luego, de nuestro conocimiento. Y ahí, un lugar en donde había mucha agitación estudiantil con cuerpos femeninos”.

Si bien había, durante los años 60 y 70, expresiones del Feminismo en nuestro país (en Buenos Aires, Rosario, Córdoba, etc.), Barrancos resaltó que “ocurrió el fenómeno de un cierto atosigamiento del feminismo, porque la urgencia estaba puesta en la ‘contradicción principal’, esto es, en vencer el régimen oprobioso de las jerarquías de las clases sociales”. Entonces, los debates del feminismo pasaban a un segundo plano, aunque no menos importante.

Antígona sigue funcionando como la voz femenina que se opone al poder”

Los primeros encuentros de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, “asediadas por tanto dolor”, comenzaron en abril de 1977, rememora Barrancos, “después de algunas desesperadas búsquedas y obviamente encuentros cada vez menos fortuitos, porque iban a los mismos lugares a querer saber, simplemente”.

“’Queremos saber dónde están nuestros hijos’. Es increíble el verbo saber, conocer. ‘Si nos dicen que los han matado, pues nos lo digan. Queremos saber’. Porque evidentemente, la incerteza es la mayor incomodidad para la condición humana. Y la incerteza respecto de esas raíces fundamentales, consustanciales, evidentemente da el marco de aquella tragedia”, reflexionó la historiadora.

“Esas Madres fueron oponentes de la dictadura en dos aspectos que se dieron de manera muy consciente”, opinó Barrancos. “El artilugio de la propia maternidad, que no era tal artilugio sino la treta fundamental. Era la única combinación posible con los agresores. (Las Madres) no sabían de feminismo. No sabían que había un mandato del maternaje y la maternidad. No sabían que evidentemente el fuelle fundamental es la obligación reproductiva por parte del patriarcado. Pero había un acto de interpretación unívoca entre lo que el establishment, estos agresores y estos patriarcas brutales esperaban de la condición femenina. Mientras que la argumentación de esas Madres era: ‘Somos madres’. Digo, es una treta no pensada como treta, de cálculo inmanente de esa condición”.

“El segundo sí tiene un recorrido más especulativo que se imponen para su acción. Pidieron que no se ‘contaminaran’ con la política. ‘Mejor nosotras que los varones porque somos las madres y mejor nosotras las mujeres porque no somos políticas’. Este sí tenía un cálculo bastante estratégico”, explicó la pensadora y definió: “Este bastión se convierte en el acontecimiento político mayor del siglo XX, desgajando el significado que tienen las dictaduras, la última sangrienta dictadura. Pero es evidente que la arquitectura mayor, de volumen más espeso que camina en torno del límite de la propia vida fueron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo”.

“Esto no evitó la muerte y la desaparición de algunas de ellas”, lamentó Barrancos, “como Azucena Villaflor (de De Vincenti), que no se la pudieron llevar en la famosa noche de la Iglesia de la Santa Cruz. Se llevan a Esther Ballestrino de Careaga, a (María Eugenia) Ponce (de Bianco)” y a las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duquet, entre otras personas. A Villaflor la secuestraron al día siguiente cuando había ido a comprar el diario en el que saldría la primera solicitada que con tanto esfuerzo (económico porque les cobraban cifras exorbitantes) habían logrado publicar y que pedía la aparición de los hijos.

De las tres fundadoras de Madres secuestradas y que habían sido marcadas previamente por Alfredo Astiz (quien se había infiltrado bajo la identidad de Gustavo Niño, haciéndose pasar por familiar de una persona desaparecida), Barrancos rescató el ejemplo de Esther Ballestrino. “Es una figura supra icónica de las resistencias, resiliencias y de cómo ofender al poder hasta las últimas consecuencias. Esther había venido exiliada de Paraguay, país que tenía un grupo de feministas muy importante. Además había muchas feministas dentro del Partido Comunista. Y ya en los años de (el dictador Alfredo) Stroessner y luego en la dictadura había habido una sangrienta abatida contra todos los sujetos que de algún modo activaban en las izquierdas en Paraguay. De modo que Esther se viene a la Argentina. Ella era química. Sus hijas comienzan a militar. Desaparece una de sus hijas, luego aparece. Se habían ido a Suecia pero ella vuelve a la Argentina para seguir militando por la aparición de las hijas e hijos de aquellas mujeres”, detalló.

Este acto es definido por las Madres de Plaza de Mayo como la ‘Socialización de la maternidad’, donde la búsqueda pasa a ser no solamente del propio hijo/a/e sino de todes les hijes detenidos desaparecidos.

Los cuerpos de “nuestras mejores Madres”, como las definió Hebe de Bonafini, fueron arrojados al mar en los ‘Vuelos de la muerte’, método que utilizaban los asesinos represores para deshacerse de los cuerpos y así plantear, como cínicamente lo hizo Jorge Rafael Videla, que las y los desaparecidos eran ‘una incógnita’, para de esa manera disipar las responsabilidades de las Fuerzas Armadas que dieron el golpe. El Equipo Argentino de Antropología Forense identificó en julio de 2005 los restos de las tres Madres, que habían sido enterrados como NN en el cementerio de la ciudad bonaerense de General Lavalle. Esther Ballestrino y Mari Ponce de Bianco fueron enterradas en el jardín de la Iglesia de la Santa Cruz en el barrio de San Cristóbal, mientras que las cenizas de Azucena Villaflor fueron esparcidas en la Plaza y Pirámide de Mayo. “Esas Madres, dando cuenta de su resistencia aún muertas, porque no cejaron, tuvieron que ser reconocidas y siguieron interpelando a las estructuras más violentas de nuestra sociedad”, subrayó Barrancos.

Muchas de ellas se convirtieron al feminismo. Algunas no tanto. Pero es el caso de Norita Cortiñas y de Taty Almeida. Remarcando su osadía, Norita ha dicho hace unos días: ‘Si además de locas hubiéramos sido feministas, se imaginan ustedes cómo hubiera sido el combo de la agresión contra nosotras’”, contó. Mientras que la también Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora, Taty Almeida, siempre lleva consigo, como Nora y como Dora en su muñeca izquierda durante la exposición, el pañuelo verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito.

“La figura de Antígona se repite mucho en América Latina. El caso de Madres y Abuelas ha marcado ejemplarmente la escena de la resistencia con mujeres en América Latina y ha sido replicada más allá”, remarcó Barrancos y agregó: “Antígona sigue funcionando como la voz femenina que se opone al poder”.

El subsecretario de Cultura de la Gran Logia Argentina, Sebastián Sfriso, explicó los alcances del ciclo que lleva en total tres encuentros. El primero de ellos estuvo referido a Aborto Legal y el segundo, a violencia de género. “Para nosotros es importante poner en agenda un movimiento, un pensamiento, una forma de pensar que felizmente está siendo cada vez más visibilizada pero que aún encuentra muchísimas resistencias. Particularmente estamos hablando del pensamiento feminista y no sólo, podríamos decirlo globalmente: el pensamiento emancipatorio. Es aquí donde el saber tiene una función liberatoria que para nosotros es relevante”, expresó desde el salón colmado de un café sobre Piedras 768.

Volviendo al mito griego de Antígona citado por Barrancos podríamos decir que esa mujer que se rebela ante el poder para proteger una causa noble también está presente en la defensa, encabezada por Hebe, del archivo histórico de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, que funcionarios de la justicia civil y del gobierno de Mauricio Macri intentan requisar -y se teme además el desalojo-, y en la inclaudicable lucha de las Abuelas que recientemente encontraron a la Nieta Nº 129, labor que continúa porque aún falta restituir la identidad de alrededor de 400 hijos e hijas secuestrados por el Plan Sistemático de la feroz última dictadura. Al anunciar el encuentro el 9 de abril en la Casa de Abuelas, Estela de Carlotto señaló: “El tiempo es hoy. Ayudemos a reparar las heridas que la dictadura nos dejó”.

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