

EL SEÑOR DE LOS DATOS: PALANTIR, LOS GEMELOS DIGITALES Y EL EXPERIMENTO ARGENTINO
Por Carlos Capasso
El Estado que no pudo cuidar sus datos
El 24 de abril de 2024 la Agencia Nacional de Seguridad Vial fue hackeada. Los datos de 5,7 millones de licencias de conducir argentinas aparecieron a la venta en internet por 3.000 dólares. Ese mismo mes, 65 millones de registros del Registro Nacional de las Personas fueron filtrados. Desde el Ministerio del Interior negaron el hackeo. La información circuló igual. Se iniciaba el saqueo digital.
En noviembre de ese año, la Comisión Nacional de Energía Atómica fue víctima de un ataque que comprometió información sobre proyectos nucleares estratégicos —el Reactor RA-10 y el CAREM 25—. Jefatura de Gabinete dijo que la situación estaba «contenida» y que no se había robado información. El grupo que accedió a esos datos los puso a la venta en la dark web. Y para cerrar el año, en diciembre, se hackearon los dominios argentina.gob.ar, Mi Argentina y la SUBE.
En mayo de 2025 se filtran datos de 50.000 miembros del Ejército Argentino — DNI, diplomas, domicilios, antecedentes familiares. La SIDE se enteró por los diarios. Un mes después, más de 13.000 usuarios de Mi Argentina fueron comprometidos. A fines de 2025 se dio la mayor filtración de la historia argentina: más de 60 millones de registros de ARCA, 75 millones del Registro Automotor, 176 millones de ANSES con teléfonos, correos, direcciones y salarios. Saqueo consumado… pero aún hay más.
En marzo de este año, 17 entidades públicas fueron filtradas —IOMA, Ministerio de Salud, Corte Suprema, Gendarmería, Banco Central, entre otros—. Más de 140GB de información de Jefatura de Gabinete expuestos. Para mayo, una nueva filtración compromete más de 900 dominios gubernamentales, universitarios y de medios. Base de 80 millones de registros. El hacker amenaza con liberar todo. No se sabe quién es.
La pregunta que nadie en el Gobierno puede responder es simple: ¿quiénes fueron los responsables de la seguridad informática del Estado durante estos dos años y medio? Los mismos que el 22 de mayo de 2025 anunciaron que van a gestionar el gemelo digital de los argentinos. O son unos inútiles a quienes darles ese compromiso es una irresponsabilidad total; o estuvieron propiciando las filtraciones para poder utilizar esos datos, sin que nadie pueda decirles que se los afanaron. Ambas hipótesis son igual de graves y preocupantes.

¿Qué es un gemelo digital y por qué importa?
El concepto nació en la NASA en los años sesenta. Tenían maquinaria en el espacio exterior y necesitaban, desde la Tierra, monitorear su estado, predecir fallas, anticipar problemas. La solución fue una réplica conectada a sensores que enviaba señales en tiempo real y permitía tener una representación del objeto. Con el tiempo, la réplica física le fue dando paso a la réplica digital: era el nacimiento de los gemelos digitales.
Durante décadas, éstos gemelos se usaron para sistemas complejos y acotados: pozos petroleros manejados a distancia; flotas de aviones y simulaciones de tráfico en ciudades inteligentes. La lógica es siempre la misma: integrar datos, modelar el sistema, predecir comportamientos, anticipar fallas. Es una herramienta. No es neutra, pero tampoco es, en sí misma, el problema. El problema es el paso que sigue. El que está dando Palantir.
La empresa de Peter Thiel, Palantir, no está aplicando la lógica del gemelo digital a máquinas y sistemas físicos, sino a sociedades; es decir, a personas con comportamientos, creencias, miedos, hábitos y vínculos. Y la tecnología algorítmica actual ya permite modelar esos gemelos con una precisión tal que no solo puede monitorear y predecir comportamientos, sino también manipularlos. En criollo: si podés predecir qué pasará en distintos escenarios modificando una variable, podés tocar esa variable para producir un escenario deseado.
El modelo «Foundry Digital Twin» de Palantir va un paso más lejos que la competencia. Su sistema trabaja con lo que llaman gemelos digitales semánticos: no les alcanza con estudiar y predecir lo que hace una sociedad. Quieren estudiar, predecir y manipular el sentido de las cosas. No lo que la gente hace, sino lo que la gente es.
Palantir fue fundada por licenciados en Filosofía, no por ingenieros. No es un dato menor. Hay una filosofía sostenida detrás del proyecto que Thiel enuncia sin pudor: la posibilidad de manipular sociedades a través de la tecnología. Sus sistemas ya fueron utilizados en el targeting de blancos en Gaza por parte de Israel, en operaciones militares contra Irán, en la persecución de migrantes por el ICE en Minnesota y Minneapolis. Hasta ahora, sin embargo, nunca se habían aplicado como base de un experimento de ingeniería social sobre un país entero. Mucho menos sobre un país del G20 con la octava extensión territorial del planeta.
La arquitectura del experimento
La arquitectura técnica del gemelo digital de Palantir funciona en tres capas que se retroalimentan. La primera es la capa de datos: integra todas las fuentes disponibles, estructuradas —bases del ANSES, ARCA, historias clínicas, fichas del Registro Automotor— y no estructuradas —likes en redes sociales, movimientos de GPS, patrones de consumo—. Las filtraciones de los últimos dos años y medio podrían tener aquí su destino final.
La segunda es la capa de simulación, que modela escenarios predictivos a partir de esos datos. La tercera es la más perturbadora: la capa de transformación, que toma el análisis y lo convierte en órdenes que retroalimentan el sistema. Detecta un patrón, indica dónde seguir investigando, o —en su aplicación militar ya documentada— identifica a un objetivo en situación vulnerable y le dice al sistema que lo ataque sin esperar orden humana.

Palantir, a diferencia de Anthropic u otras empresas de IA, ofrece explícitamente que la misma máquina procese los datos, tome las decisiones y las ejecute sin ninguna instancia de control humano en el circuito. Y su estrategia de expansión corporativa es conocida: entran por un contrato pequeño y formatean todos los datos bajo un lenguaje propietario (o lenguaje privativo), es decir, un lenguaje de IA cuyo código fuente, arquitectura y herramientas son propiedad exclusiva de la misma Palantir. A diferencia del código abierto, el acceso está restringido y su uso está limitado por licencias. Quien se ata a Palantir no pueden desatarse: sus datos quedan estructurados en un idioma que nadie más habla.
La ley norteamericana es explícita: todos los datos alojados, procesados o gestionados por corporaciones estadounidenses pertenecen a Estados Unidos y pueden ser utilizados por el Gobierno federal por razones de seguridad nacional. La soberanía argentina sobre los datos de sus ciudadanos, en ese escenario, desaparece.
Mientras la ministra Sandra Pettovello presentaba el anuncio del gemelo digital el 22 de mayo, pasaba casi inadvertido un tuit del Ministerio de Defensa: el ministro Carlos Presti visitó una demostración de sistemas de IA para las Fuerzas Armadas presentada por Arsoft US junto a sus empresas asociadas MeetKai, XRF.ai y Grupo Arecco, «orientada en fortalecer las capacidades de conducción, comando y control, y en la creación de un Gemelo Digital de la República Argentina». No se trata solo de la sociedad, sino del país y desde el punto de vista de la defensa nacional.
Peter Thiel se mudó con su familia al país. Vino a ver de primera mano cómo funciona el experimento en un país donde las garantías constitucionales y el control de poderes no operan con normalidad. Encontró un sistema dispuesto a sacrificar la Constitución Nacional, las garantías ciudadanas y la soberanía del país en la hoguera del capitalismo algorítmico sin humanos en el circuito. Una entrega total de recursos, tanto naturales como humanos.
Volver al humanismo
En este contexto llegó la encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas. No es un gesto simbólico. Es la primera vez que la Iglesia Católica aborda de manera sistemática los desafíos de la inteligencia artificial como amenaza a la dignidad humana y lo hace con una precisión conceptual que incomoda a quienes preferirían que este debate quedará confinado a los laboratorios de Silicon Valley.
Robert Francis Prévost Martínez, actual papa, eligió el nombre León XIV en honor a León XIII, quien redactó en 1891 la Rerum Novarum, una encíclica que respondió, durante la segunda revolución industrial capitalista, a la avanzada tecnológica y sus consecuencias sobre la clase trabajadora. Nacía la “doctrina social” de la Iglesia. Magnifica Humanitas, escrita recientemente por León XIV, es su continuidad: la avanzada tecnológica de este tiempo son el algoritmo y la IA, en plena cuarta revolución industrial. El capitalismo de plataformas obliga a repensar y aggiornar la doctrina social de la Iglesia Católica.
Algunos fragmentos del documento son literalmente una descripción del experimento Palantir en Argentina: «La tecnología no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia, la regula, la utiliza.» Luego: «No podemos considerar a la IA como moralmente neutra. Todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones.» El discernimiento ético, dice León XIV, no puede limitarse a preguntarse si usamos un sistema para un fin bueno o malo: debe interrogar también el modo en que está diseñado y qué idea de persona y sociedad queda inscripta en sus datos y modelos.

En un pasaje que parece un mensaje directo a Peter Thiel —cuya empresa se llama Palantir, las piedras videntes de El Señor de los Anillos— León XIV cita a J.R.R. Tolkien como «un escritor católico del siglo XX» y recupera las palabras del mago Gandalf: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está a nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vengan después una tierra limpia para la labranza.»
Sobre el colonialismo digital, el Papa es taxativo: «Hoy, el colonialismo asume nuevas formas. Ya no domina sólo los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable.» La encíclica cierra con una frase que funciona como programa político: «No serviría de nada una IA más moral, si esa moral está decidida por unos pocos.» Y va más lejos: «La IA ya es un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regularla; es necesario desarmarla.»
Reconstruir nuestra soberanía
El Gobierno de Javier Milei está entregando los datos de los argentinos a los tecnofeudalistas. Eso ya no es una hipótesis: es lo que describen los hechos de los últimos dos años y medio. El desafío de quienes gobiernen después será titánico: liberar al país desmantelando, gradual e inexorablemente, una dependencia estructural difícil de revertir, (re)construyendo soberanía política, económica y social. Ese debate le corresponde a las fuerzas políticas que dicen representar los intereses nacionales-populares. La dirigencia peronista, en particular, está en deuda al respecto: no alcanza con denunciar el ajuste o defender las jubilaciones. No alcanza con comunicados y posteos.
Hay una doble pregunta que demanda respuesta urgente: ¿qué política de soberanía tecnológica y qué legislación de datos propone quien aspire a gobernar después de Milei?
Buscar las respuestas en una encíclica papal o en los debates que instala China, desde su planificación tecnológica centralizada, es una mala señal. Indica que la política criolla no se está haciendo las preguntas correctas. Y el tiempo, vuela. Como señaló oportunamente el Papa Francisco: «La inteligencia artificial elige, el corazón humano decide”. Y ese valor humano, católico y occidental, no se debe entregar.
