

EL ORÁCULO DE SAURON EN LA CASA ROSADA: PETER THIEL Y UN NUEVO MODELO DE ESTADO
Por Carlos Capasso
En la Tierra Media, los Palantíri (el que ve a lo lejos) eran piedras videntes: orbes de cristal creados con la promesa de una comunicación perfecta y una visión sin límites para los grandes señores. Sin embargo, su historia terminó en tragedia ya que la herramienta que debía iluminar a los sabios acabó corrompiendo a sus portadores, esclavizándolos a la voluntad de Sauron, el señor oscuro. La referencia sobre el Señor de Los Anillos no es caprichosa, sino la realidad operativa de la empresa homónima que hoy, de la mano de su fundador Peter Thiel, ha fijado su mirada, como el ojo de Sauron, sobre Argentina.
Thiel no es un simple inversor en busca de oportunidades de mercado; es un intelectual del poder, un arquitecto que ha diseñado un sistema de dominio que trasciende fronteras. Su presencia en Buenos Aires, su cercanía con el presidente Javier Milei y la adquisición de una mansión para instalarse en el país por tiempo prolongado, no son casualidades. Son movimientos tácticos de un hombre que cree, abiertamente, que la democracia es un estorbo para la libertad y que el futuro pertenece a los «tecnofeudalistas»[1].
Para entender a Thiel hay que alejarse del estereotipo del empresario de Silicon Valley y verlo como un hombre de sistemas, profundamente influenciado por tres intelectuales que explican su desprecio por el consenso democrático y lo llevan a enunciar frases como “no creo que la libertad y la democracia sean compatibles”.
Del filósofo, antropólogo e historiador francés René Girard, adoptó la «teoría del deseo mimético» aplicada al análisis de la violencia en las sociedades. Para Thiel la competencia genera violencia y la única salida definitiva es el monopolio. En su visión, ser el número uno no es el objetivo, sino la única forma de evitar la imitación y, por ende, el conflicto.
Del jurista alemán Carl Schmitt, que definiera a la política por la antinomia amigo-enemigo, Thiel retoma la idea de que el verdadero soberano es quien decide sobre el estado de excepción, posicionándose a sí mismo como alguien capaz de operar por encima de las reglas convencionales y por fuera de los preceptos de la moral cristiana.
Finalmente, del germano Leo Strauss, Thiel recupera la idea de que hay una lectura para las masas y una verdad para los «iniciados»: mientras el público discute ideologías, las élites —que «entienden» el funcionamiento profundo del mundo— deben gobernar.
La historia de Palantir es la historia de una oportunidad convertida en una infraestructura de control estatal. Fundada en 2003 tras la crisis de inteligencia que siguió al atentado del 11 de septiembre, la empresa no se dedicó a recolectar datos, sino a integrarlos. Utilizando los algoritmos de detección de fraudes que él, junto a Elon Musk utilizaron cuando crearon PayPal, Thiel, junto a Alex Karp, CEO de la empresa, crearon una interfaz que en aquellos tiempos era capaz de cruzar toda la información existente. Hoy la gran producción de datos la generan las sociedades mismas: historias clínicas, información de los GPS, las redes sociales, registros financieros y crediticios… todo genera perfiles exhaustivos en tiempo real. La primera inversión provino de In-Q-Tel, el fondo de riesgo de la CIA. Fue un acuerdo fundacional: ingenieros de Palantir trabajando en las oficinas de la inteligencia estadounidense. No era un cliente, sino una simbiosis. Se dice que el asesinato de Osama Bin Laden en 2011 lleva el sello de esta arquitectura. Hoy, Palantir no es un contratista, es el núcleo de la reestructuración de las relaciones entre Estado, Capital, Tecnología y Democracia en el siglo XXI.
El paso de Peter Thiel de la tecnología a la política fue un movimiento calculado. Cuando Donald Trump perdió las elecciones de 2020 e intentó hacer un golpe de estado, Silicon Valley jugó en su contra, cancelando sus cuentas en redes sociales, censurando sus opiniones y verificando la información publicada por él, lo que significó un mecanismo de censura supraestatales que no puede, ni debe ser la solución al sistema existente. Desde entonces Trump comprendió que, para ganar la siguiente elección, debía aliarse con estos tecnofeudalistas.
Tras su nueva victoria, asistimos a una transferencia de poder sin precedentes. El gobierno de Trump está plagado de ex-ejecutivos de Palantir, empezando por el vicepresidente J.D. Vance. Más alarmante aún es la reciente militarización corporativa: el Ejército de los EE.UU. ha nombrado tenientes coroneles de la reserva a ejecutivos de empresas como Palantir, Meta y OpenAI. Ocupan cargos de conducción militar sin haber pisado una academia de guerra, manteniendo simultáneamente sus roles en los directorios de sus empresas. El conflicto de intereses ha desaparecido: para ellos el Estado y la empresa son la misma cosa.
La llegada de Thiel al país no es turística La adquisición de una mansión, las visitas a Javier Milei, las reuniones con figuras clave como Santiago Caputo y la ministra de Seguridad, indican que el terreno está siendo allanado para su aterrizaje.
La batería de reformas impulsadas por el actual gobierno en materia de seguridad interior —la restructuración de la SIDE mediante del DNU 941/2025con sus cambios radicales a la Ley 25.520 de Inteligencia Nacional— son diseñadas a medida de los requisitos operativos de Palantir. Si el sistema necesita libertad total para cruzar bases de datos sin restricciones de privacidad o controles democráticos, el marco legal argentino se está transformando para garantizarle grandes negocios a Palantir.
Thiel ha comenzado a instalar su narrativa abiertamente desde la publicación de su libro “De 0 a 1”. En su reciente solicitada en The New York Times, Palantir no solo reafirmó su apoyo a Israel —ejemplificando su rol en los conflictos geopolíticos globales—, sino que, con la publicación de un manifiesto de tufillo fascista, nos obliga a pensar en que estamos viviendo el surgimiento de un «Tecnofascismo» liderado por estos “tecnofeudalistas”.
Estamos ante una concentración de poder que amenaza la esencia de lo humano. Cuando la infraestructura del Estado —la justicia, la seguridad, la inteligencia— queda en manos de una corporación privada que opera bajo el dogma de la excepcionalidad, la democracia deja de ser un sistema de gobierno y se convierte en una cáscara vacía.
La advertencia es clara: el sistema operativo de Palantir sabe dónde vivimos, qué consumimos, con quién nos juntamos y qué pensamos. Y ahora, ese sistema tiene las llaves de la Casa Rosada. La batalla del siglo XXI ya no es entre izquierda y derecha, sino, como dijo el Papa Francisco, entre la soberanía humana y el «dios dinero», corporizado por estos señores tecnofeudales y sus algoritmos de control.
[1] Concepto desarrollado y analizado por autores como Yanis Varoufakis, Cédric Durand y Shoshana Zuboff, quienes alertan sobre la creciente concentración de poder mediático y político en manos de unos pocos gigantes tecnológicos. Sostienen que el capitalismo tradicional está siendo reemplazado por un sistema similar al feudalismo medieval, donde el poder ya no reside en la producción industrial de bienes de consumo y servicios, sino en la propiedad de plataformas digitales y el control de datos.
