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UNA GUERRA QUE RECONFIGURA LA ECONOMÍA GLOBAL
Por Carlos Capasso
La sucesión de los hechos de los últimos días confirma que el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán ya no admite lecturas parciales ni tiempos muertos. La cronología reciente no solo ordena los hechos: expone con claridad la lógica de escalada que está empujando al sistema internacional hacia una crisis de magnitud.
La semana pasada, Donald Trump elevó drásticamente el tono al amenazar con bombardear infraestructura civil iraní si no se garantizaba la reapertura del Estrecho de Ormuz. El planteo implicaba, en términos concretos, atacar sistemas eléctricos y de provisión de agua. La respuesta de Irán fue inmediata y en espejo: replicar ese tipo de ataques sobre todo el Golfo Pérsico si la amenaza se concretaba. El resultado es un ciclo de amenazas cruzadas que eleva el riesgo humanitario a una escala masiva, con millones de personas potencialmente expuestas a cortes de energía, escasez de alimentos y colapso sanitario.
Lejos de tratarse de una escalada retórica aislada, el fin de semana tradujo esas tensiones en hechos concretos. Entre sábado y domingo se registraron bombardeos en zonas extremadamente sensibles: las inmediaciones de la instalación nuclear de Natanz, en Irán, y la región de Dimona, en Israel. Se trata de enclaves estratégicos vinculados al desarrollo nuclear de ambos países. Aunque los ataques no impactaron de lleno en los reactores, por decisión de cada país, la proximidad de dichos ataques encendió todas las alarmas, ya que un daño directo en estas instalaciones, podría derivar en una catástrofe de alcance regional e incluso global.

Está semana, los mercados abrieron bajo el impacto de esa escalada. En Asia, las principales bolsas registraron caídas de entre 4 y 6 puntos, mientras el Brent se consolidaba cerca de los 120 dólares por barril, reflejando la persistente incertidumbre sobre el suministro energético global. En ese contexto, y antes de la apertura del mercado, Trump intentó dar una señal de distensión al anunciar, a través de Truth Social, la existencia de negociaciones en curso con Irán para alcanzar un cese del fuego.
La reacción inicial fue de alivio moderado, a pesar que desde Teherán, desmintieron de manera categórica cualquier instancia de diálogo y, a través de la agencia Tasnim —vinculada a la Guardia Revolucionaria—, difundieron un conjunto de condiciones para un eventual acuerdo que, en la práctica, resultan inaceptables para Washington y Tel Aviv. Entre ellas, el cierre de bases militares estadounidenses en Medio Oriente, compensaciones económicas por los daños de guerra, el cese total de operaciones militares, garantías de seguridad territorial y compromisos internacionales que eviten nuevas agresiones.
La rápida contradicción entre el anuncio estadounidense y la respuesta iraní no solo desnudó la fragilidad del escenario diplomático, sino también la utilización de los mensajes como herramientas de intervención sobre los mercados. En un contexto donde el precio del petróleo impacta directamente en la inflación y el consumo interno de Estados Unidos y de las economías del mundo. La señal de “negociación” aparece más orientada a moderar expectativas que a reflejar una negociación efectiva.
Sin embargo, los fundamentos del conflicto permanecen intactos. La amenaza sobre el Estrecho de Ormuz —por donde circula una porción sustantiva del petróleo y el gas mundial— sigue vigente, y con ella, el riesgo de una disrupción prolongada en el comercio global de energía. A diferencia de otras crisis, no se trata solo de precios altos, sino de restricciones físicas en la oferta.
Ese impacto ya se traslada a la economía real. Gobiernos de distintas regiones comenzaron a desplegar medidas de emergencia para contener el shock: India redirige energía hacia los hogares para evitar apagones; Japón libera reservas estratégicas; España y Francia avanzan con subsidios y control de precios; mientras China prioriza su abastecimiento interno restringiendo exportaciones de petróleo, pero a la vez, fue autorizado por Irán a continuar enviando sus productos en el golfo pérsico.
Todas estas medidas sirven para mitigar los aumentos y dar un alivio al bolsillo, pero no para controlar la voracidad corporativa de los márgenes de ganancias de quienes aprovechan estas crisis, como lo hicieron durante la pandemia del COVID-19 y el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania. Mientras la gente vive peor, la crisis impone ganadores.

¿Quiénes son los ganadores de esta guerra?
Como plantea la economista Isabella M. Weber en su artículo titulado “The world energy shock is coming”, en español “Se acerca el shock energético mundial” (https://www.newstatesman.com/international-politics/geopolitics/2026/03/the-world-energy-shock-is-coming), en contextos de shock energético emerge lo que denomina “inflación de vendedores”. No se trata simplemente de aumentos de costos trasladados de manera lineal, sino de la capacidad de grandes corporaciones para ampliar márgenes aprovechando la volatilidad. El antecedente de los conflictos citados anteriormente, refuerzan este patrón: en escenarios de crisis, la concentración económica se traduce en poder de fijación de precios.
En este marco, la pregunta sobre quiénes ganan en medio de la guerra deja de ser abstracta. La escasez, las restricciones logísticas y la incertidumbre consolidan posiciones dominantes en sectores estratégicos como la energía, los alimentos y el transporte, mientras el costo se distribuye de manera regresiva sobre el conjunto de la sociedad.
La centralidad del Estrecho de Ormuz vuelve a ser determinante para comprender la magnitud del fenómeno. Su interrupción parcial no solo tensiona los precios, sino que altera el funcionamiento mismo de las cadenas globales de suministro, afectando desde combustibles hasta insumos clave para la producción agrícola.

El resultado es un escenario de alta inflación, caída del poder adquisitivo y creciente riesgo de crisis de deuda en la sociedad. Frente a ello, el rol de los Gobiernos es central y son necesarias la aplicación de política pública para mitigar los estragos económicos que conlleva esta guerra —liberación de reservas, topes a los precios mayoristas, regulación de márgenes de ganancias a lo largo de las cadenas de suministros, precios minoristas no lineales para productos esenciales— aparecen como necesarias pero insuficientes si la escalada militar continúa.
La cronología reciente deja una conclusión difícil de eludir: no hay señales concretas de desescalada. Por el contrario, cada intento de moderación discursiva queda rápidamente desmentido por los hechos. En ese contexto, el mundo no solo enfrenta una guerra, sino un proceso de transformación profunda donde energía, geopolítica y economía convergen en un nuevo escenario de inestabilidad estructural, y esto no tardará en impactar con mayor profundad en nuestro país.
