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UN PUNTO DE NO RETORNO PARA EL MUNDO QUE CONOCIMOS
Por Carlos Capasso
La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán atraviesa su tercera semana y empieza a delinear algo más profundo que un conflicto militar: un quiebre estructural en el orden económico global. Lo que inicialmente podía leerse como un episodio más en la larga cadena de tensiones en Medio Oriente, hoy se proyecta como un punto de inflexión con impacto sistémico en energía, alimentos y el comercio internacional.
El ataque sobre el campo gasífero South Pars, el mayor reservorio de gas natural del planeta, compartido entre Irán y Qatar, perpetrado por los Gobiernos de Donald Trump y Benjamín Netanyahu, fue respondido con una escalada iraní que amplió el teatro de operaciones a toda la infraestructura energética del Golfo
En una dinámica de represalias cruzadas, Irán atacó instalaciones claves en Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, el yacimiento gasífero de North Dome en Qatar y la refinería de Haifa, una de las más relevantes del sistema energético israelí. El resultado fue inmediato: un salto abrupto en el precio internacional del barril de petróleo y una disrupción inédita en la oferta global de hidrocarburos.

Los datos operativos reflejan la magnitud de la crisis. Emiratos Árabes Unidos anunció la paralización total de sus principales plantas; Qatar interrumpió la producción de la mayor instalación de gas natural licuado del mundo; Arabia Saudita redujo un 20% su extracción de crudo; Bahrein detuvo completamente su producción; Irak recortó un 70% de su output; y Kuwait mantiene hasta el momento, sus refinerías incendiadas. La región que concentra el corazón energético del planeta se encuentra, en términos prácticos, parcialmente fuera de operación.
Ahora bien, el alcance del conflicto trasciende solamente al petróleo. El gas natural —cuyo epicentro es precisamente el Golfo— es insumo base para la producción de amoníaco, que a su vez es clave en la fabricación de urea, el fertilizante que sostiene cerca del 50% de la producción agrícola mundial. Es decir: la guerra no solo compromete la energía, sino también la capacidad del planeta para producir alimentos.
Este efecto dominó ya muestra sus primeras consecuencias. China restringió exportaciones de fertilizantes, mientras que Rusia advirtió que podría limitar sus ventas de petróleo si la escalada de precios continúa. La lógica de “seguridad de suministro” empieza a reemplazar al libre comercio, consolidando un escenario de crisis económica global.
A esto se le suma que desde el segundo día el inicio del conflicto bélico, Irán cerró el estrecho de Ormuz, uno de los pasos más importantes del comercio mundial donde circula el 20% de la producción petrolera es importante entender que si existiese un eventual cese del fuego –casi imposible que esto suceda en el corto plazo-, la normalización del tránsito marítimo podría demorar meses. El motivo es menos visible pero igual de determinante: el costo de los seguros marítimos se multiplicó entre 20 y 30 veces, tornando inviable la operatoria para buena parte de la flota comercial global.

El impacto sobre la agricultura es particularmente crítico por una razón estructural: el calendario para la cosecha no se negocia. Para que Estados Unidos asegure su cosecha de maíz, los fertilizantes deben aplicarse a más tardar a mediados de abril; en India, la ventana se ubica en mayo; Bangladesh ya se encuentra en período activo, y Australia entra en ciclo en junio. La interrupción en la provisión de insumos durante estas ventanas implica, inexorablemente, menores rendimientos y mayores costos.
La consecuencia es clara: incluso si el conflicto se detuviera mañana, la campaña agrícola 2026 ya estaría comprometida. Menor producción y mayores costos configuran un escenario de alimentos más caros y escasos, con impacto directo en la inflación global y en la seguridad alimentaria de vastas regiones del mundo.
En paralelo, la crisis redefine el mapa político. Donald Trump había asumido con la promesa de evitar nuevas guerras, pero desde fines de febrero Estados Unidos quedó directamente involucrado en un conflicto de alta intensidad, bajo argumentos que distintos analistas internacionales consideran débiles en términos de la amenaza de un próximo ataque por parte de Irán, llevando a la renuncia de Joe Kent, Director del Centro Nacional de Contraterrorismo, quien aseguró en una carta que “Irán no representaba ninguna amenaza inminente” para Estados Unidos. Es imposible no pensar que la alianza estratégica con Israel terminó arrastrando a Washington a una confrontación de consecuencias imprevisibles.
Lo que está en juego, en definitiva, no es solo un conflicto regional ampliado. Es el pasaje hacia un nuevo ciclo histórico, donde la energía, los alimentos y la geopolítica vuelven a entrelazarse como en los momentos más críticos del siglo XX. La diferencia es que ahora el cambio ocurre en tiempo real, ante una economía global profundamente interdependiente y con márgenes de reacción cada vez más estrechos.
El mundo que conocimos empieza a quedar atrás. Y lo que emerge, todavía sin forma definitiva, es un escenario de escasez, disputa y reconfiguración del poder global, sin que quede en claro cuales son los nuevos liderazgos que emerjan, exceptuando el de China. Estados Unidos es una potencia en declive, con un Presidente que no puede reelegir y que tomó la decisión de reactivar y reinterpretar la Doctrina Monroe invadiendo Venezuela, aumentando la presión sobre Cuba, amenazando a los gobiernos de Gustavo Petro y de Lula y aumentando su ingerencia a través de los organismos internacionales en gobiernos como el de Argentina.
