

PETER THIEL Y LA GUERRA POR EL FUTURO
Por Carlos Capasso
Si la primera instancia fue preguntarse quién es Peter Thiel, la segunda pregunta es: ¿qué mundo pretende construir? El fundador de Palantir no encaja dentro del ecosistema tradicional de Silicon Valley. Mientras otros magnates se dedicaron a optimizar la vida cotidiana —comprar, comunicarse, entretenerse—, Thiel se obsesionó con algo mucho más ambicioso: el poder, la guerra y el destino de Occidente. Su proyecto no es empresarial, es civilizatorio y para comprenderlo hay que salir del terreno tecnológico y entrar en el terreno geopolítico.
Durante décadas, Silicon Valley cultivó una narrativa optimista: la tecnología como herramienta para conectar personas, democratizar la información y mejorar la vida cotidiana. Esto al menos en teoría. Thiel siempre vio ese relato como una distracción. Para él, las redes sociales, las apps de consumo y de citas y la economía digital eran apenas la superficie de la innovación. El verdadero campo de batalla estaba en defensa, inteligencia, energía, infraestructura dura. En su visión, Silicon Valley había perdido el rumbo. Había pasado de cambiar el mundo a vender publicidad, en buscar que el usuario compre una licuadora. De ahí nace la idea central que hoy estructura el discurso de Palantir: el mundo invirtió demasiado en bits y abandonó los átomos.
Durante medio siglo, sostiene Thiel, la innovación se concentró en software mientras el progreso material se estancaba. La bomba atómica y la llegada a la luna fueron los últimos grandes saltos tecnológicos del mundo físico. Desde entonces, dice, el progreso se volvió superficial. La tesis es simple y provocadora: la humanidad dejó de construir futuro tangible y le interesó más vender productos por Amazon y eso, en su diagnóstico, debilitó a Occidente frente a China.
El pensamiento de Thiel está atravesado por una convicción geopolítica central: Estados Unidos está perdiendo la competencia tecnológica y estratégica contra China y en este marco, Palantir no se presenta como una empresa más, sino como parte de una respuesta histórica.
El manifiesto difundido por la compañía plantea que Silicon Valley tiene una deuda con el Estado estadounidense. Fue el financiamiento público el que permitió el surgimiento del ecosistema tecnológico que vivimos hoy, y ahora ese ecosistema debe devolver el favor fortaleciendo la seguridad nacional.
Es un giro ideológico profundo. Hablamos de un cambio contundente, pasamos del libertarismo tecnológico al nacionalismo tecnológico. La tecnología deja de ser neutral y pasa a ser instrumento de poder estatal.
Por eso es importante entender que Thiel no cree en la competencia como motor del capitalismo. Cree en el monopolio. Algo que va en profunda disonancia con el modelo económico vigente en estos tiempos y el cual se consolidó a partir de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.
Para él, competir es una señal de debilidad. La verdadera innovación surge cuando una empresa logra escapar de la competencia y dominar un sector por completo. Esta idea rompe con la ortodoxia liberal clásica y redefine el capitalismo desde una lógica de concentración extrema del poder tecnológico. Su pensamiento produce una paradoja: un libertario que desconfía del mercado competitivo y promueve estructuras de poder altamente concentradas. En ese marco, la privacidad deja de ser un derecho absoluto y pasa a convertirse en una variable negociable frente a la seguridad. La ecuación es incómoda pero clara: el mundo libre tiene costos, y uno de ellos es ceder parte de la privacidad.
Si hay una idea que atraviesa todo el pensamiento de Thiel es la desconfianza hacia la democracia liberal y en su marco conceptual, la democracia puede convertirse en un obstáculo para la innovación, la seguridad y la toma de decisiones estratégicas rápidas.
Aquí aparece el núcleo ideológico más polémico: la percepción de que la ciudadanía puede transformarse en freno del progreso. Thiel cuestiona la capacidad de la sociedad para decidir su propio destino; la base filosófica que sostiene el pensamiento de este tecnomagnate es la que le permite cuestionar la opinión de la mayoría y desear el fin de la capacidad de la sociedad de decidir quién lo gobierna y cómo.
Este punto es clave para entender por qué su figura genera tanta inquietud. No discute políticas públicas, discute el modelo político que dominó Occidente durante décadas. Los movimientos de Thiel en el mundo revelan otra obsesión: construir espacios experimentales fuera del alcance de los Estados tradicionales.
Es importante entender que cuando Thiel estuvo en Nueva Zelanda de 2011 a 2022, intentó, entre otras cosas, construir refugios para la catástrofe que presupone que sucederá, los cuales luego fueron prohibidos. Intentó tener pasaporte de Malta, un pasaporte especial que es abierto para hacer inversiones en 27 países de Europa, fue uno de los financistas de Prospera, la Ciudad Libre creada por Patri Friedman, nieto de Miltón Friedman, en Honduras. En la base teórica de estos Tecnofeudalistas, y el movimiento que representan, buscan construir enclaves por fuera de los aparatos estatales, por fuera de la zona políticamente regulada por los Estados.
Con toda esta información resulta más comprensible que Peter Thiel haya fundado PayPal: una moneda no regulada por el Estado. Las infraestructuras tecnológicas construidas por Silicon Valley son infraestructuras de comunicación que los Estados ven pasar, pero no controlan. Estamos hablando de ensayos de gobernanza alternativa que hasta ahora enfrentaron resistencias y límites políticos. Pero muestran una dirección estratégica: explorar territorios donde las nuevas infraestructuras tecnológicas puedan desplegarse con menos restricciones.
En ese mapa, Argentina aparece como una oportunidad inédita para Peter Thiel. Su presencia en el país debe leerse dentro de esa búsqueda global de territorios abiertos a experimentar nuevas configuraciones entre Estado, tecnología y capital. Los intereses potenciales —energía, agro, minerales críticos— coinciden con los sectores estratégicos del siglo XXI. Pero el dato político es aún más relevante: la afinidad ideológica con un gobierno que se presenta como disruptivo y que cuestiona el rol tradicional del Estado le hace agua la boca al dueño de Palantir, que lleva años intentando materializar su visión del mundo y el contexto argentino puede representar una ventana de oportunidad.
Durante décadas, el orden internacional se organizó alrededor de la democracia liberal como modelo dominante. Derecha e izquierda discutían dentro de ese marco. Hoy ese consenso se resquebraja, Thiel cuestiona la compatibilidad entre democracia y capitalismo y el mundo entra en una etapa de experimentación política. La disputa ya no es ideológica en términos clásicos, sino que podemos pensar y debatir si esta disputa es civilizatoria, en donde la tecnología dejó de ser una herramienta para convertirse en el campo de batalla.
Peter Thiel no es un villano de ficción, es el villano que tenemos en la actualidad. Es un actor que intenta empujar una transformación profunda del orden global, repitiendo como un mantra que la “democracia y capitalismo no son compatibles” y el único actor que rivaliza con ese mundo y esa idea es China.
