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LOS PIBES Y LAS PIBAS. LOS RECUERDOS Y LOS OLVIDOS

A 38 años de la Guerra de Malvinas

LOS PIBES Y LAS PIBAS. LOS RECUERDOS Y LOS OLVIDOS

Por Beatriz Chisleanschi

LOS PIBES

Eran pibes. 18, 19 años apenas.
Algunos tenían el recuerdo del viaje de egresados aún impregnado en la piel. Otros ni siquiera tuvieron acceso a la escuela secundaria. Pero todos soñaban, deseaban, se enamoraban.

“Si quieren venir que vengan. Les presentaremos batalla”, decía un desaforado ex presidente, genocida, adicto a cierta bebida inglesa, el 2 de abril de 1982 desde el mítico balcón de la Casa Rosada. Ese día, ante una plaza colmada que gritaba “Argentina. Argentina” y cantaba el himno, Leopoldo Fortunato Galtieri había decidido recuperar nuestras Malvinas Argentinas por la fuerza.

Pibes que no sabían de armas y de las guerras, sólo por lo que veían por cine o televisión.
Disfrutaban del fútbol, el profesional y el de los picaditos.
Amaban a sus familias. Vivían.

“Que traigan al principito”, “Vamos ganando”, “Bajamos un harrier, dos, tres, decenas”, “Nosotros le tiramos la información. Usted la recibe, la analiza y saca sus propias conclusiones”. “24 horas por Malvinas” Exaltación. Mentiras. Nombres que resuenan y que dejaron una huella negra en nuestra historia: el general Mario Benjamín Menéndez, proclamado gobernador de las Islas Malvinas por el gobierno de facto y el periodista ¿periodista?, cara visible de ATC (Argentina Televisora Color), José Gómez Fuentes, su compañera Silvia Fernández Barrios y un ejemplo claro de mentira organizada, de complicidad mediática.  Pinky, Cacho Fontana y una recaudación escandalosa que nunca llegó a pasar la General Paz.

De comer un rico plato de fideos, o una milanesa.  De escuchar su música preferida sólo o con amigos, a encontrarse con el miedo, el desamparo, la muerte. Y también, como dice el presidente del Museo Malvinas y ex combatiente, Edgardo Esteban, con “la valentía que se necesitó para resistir. Donde el cambio repentino de hábitos hizo que la vida se convierta en algo ajeno, extraño, siempre a punto de perderse”.

“Argentinos a vencer”, “Tras un manto de neblinas no las hemos de olvidar”, “Ay ay ay ay, que risa que me da, si quieren las Malvinas que las vengan a buscar”, “El que no salta es un inglés”, “Vamos, vamos Argentina, vamos, vamos a ganar”.  Canciones tribuneras abrazadas por millones que las agitaban con espíritu triunfador, mientras estábamos siendo derrotados.

Pibes que eran tomados de rehenes por los propios militares argentinos, y por los ingleses. Pibes que se refugiaban en trincheras, que se convertían en hombres sin haber terminado la adolescencia. Pibes que adolecían de injusticia, de locura, de actitudes cobardes con aire de omnipotencia.

Y hundieron el Buque General Belgrano y Alfredo Astíz “el ángel rubio” se entregaba sin disparar un solo tiro y llegó el 14 de junio día que la Argentina se rindió.

Pibes convertidos en huesos, sangre que riega los suelos isleños, tumbas. 143 soldados que no volvieron y los que lo hicieron llegaron sin gloria, sin reconocimiento, sin aplauso, ni canto, ni aliento. Llegaron solos y aún esperan que la historia les de el lugar que se merecen.

LAS PIBAS

Eran pibas, tenían entre 15 y 30 años de edad cuando viajaron a Malvinas para asistir a los heridos, algunas en carácter de enfermeras, otras de instrumentadoras quirúrgicas y especialistas en terapia intensiva. Las hubo trabajadoras de la salud que hacían una tarea de contención psicológica. Fueron silenciadas por la historia, esa historia patriarcal y machista que se construyó hasta ahora.

Gracias a la investigación de la periodista, Alicia Panero, y su libro Mujeres invisibles, recién en el año 2014 nos enteramos de su participación en la guerra.

Siete de ellas fueron enfermeras civiles voluntarias en el ARA Almirante Irízar y actuaron directamente en la zona de conflicto en alta mar. Trece se desempeñaron en el Hospital Reubicable de Comodoro Rivadavia y recibían alrededor de treinta soldados por día para su atención. Estas últimas tenían entre 21 y 24 años en ese momento. Y varias se encontraban en las enfermerías de los buques de la Marina Mercante o en Puerto General Belgrano antes de iniciarse la guerra ya que habían llegado allí para realizar prácticas. Tenían entre 15 y 16 años y soñaban con ser enfermeras.

Sufrieron acoso, maltrato, se las acusaba de “traer mala suerte” y se las aislaba. Nunca, durante esos 74 días que duró la guerra, recibieron atención psicológica ni médica. Su condición de mujer no las autorizaba a tener esas prerrogativas.

En una entrevista de enero de este año que le realizara el periodista Nicolás Kasanzew hijo, a su padre homónimo, único corresponsal en Malvinas para ATC y que actuó como portavoz oficial del gobierno militar (se puede ver por YouTube https://youtu.be/fTsHaVTMUEY), el ex corresponsal señala entre risas al referirse a las mujeres que participaron en Malvinas, que sólo fueron seis, que no eran enfermeras, sino instrumentistas y que nunca pisaron tierra “si hubieran bajado -dice- hubieran tenido diez mil candidatos a novio porque una de las quejas de los soldados era que no vemos una mina como corresponde y las kellpers que hay son feas y nos odian.” Nuevamente, la mujer reducida al lugar de objeto, de entretenimiento machista. Luego de 38 años de transcurrida la guerra, un periodista cómplice de las mentiras que se transmitían denigra a esas mujeres que también dieron su vida, que también hicieron historia.

En su libro, Alicia Panero relata que de las más de 24 mil pensiones que el Estado abona a los veteranos de guerra, no son más de diez las mujeres que la reciben (datos al 2014).

Ejercerían su profesión en hospitales y sanatorios comunes. La vida las colocó en otro lugar. Eran menores, eran pibas. Fueron a la guerra y luego, obligadas a callar, ninguneadas, invisibilizadas. Fueron, pero hoy son.

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