
LOS MONSTRUOS LLORAN

LOS MONSTRUOS LLORAN
Por Daniel Bello
Primer acto
Corre mayo en sus últimos días. En el marco de una exposición en Viena (Austria), Federico Sturzenegger está sentado frente a un auditorio. Habla hasta que, en un momento, rompe en llanto al valorar los logros alcanzados por el Gobierno de Javier Milei.
Sturzenegger hace referencia a la película El núcleo, un relato épico sobre científicos que viajan al centro de la Tierra para salvar a la humanidad. La parte del argumento que parafraseó el ministro de Desregulación y Transformación del Estado es la definición de uno de los protagonistas, quien afirma que pone su vida en juego y afronta la misión no por salvar a miles de millones, sino solo a su familia.
Inmediatamente, Sturzenegger estalla en lágrimas al exponer el miedo sobre el futuro de sus hijos: “Tengo un hijo de 21, otro de 20 y una hija de 16. Si Argentina hubiera seguido por el camino que veníamos con el Gobierno anterior, yo les habría pedido a mis hijos que se fueran”. Emocionado y secándose las lágrimas, afirmó: “Los jóvenes están volviendo. Eso es lo más increíble que estamos logrando”.
El auditorio aplaude. Se apagan las luces y se baja el telón.
Segundo acto
Es el 5 de junio de 1991 y el escenario, esta vez, es el Congreso.
Adentro, el ministro de Economía, Domingo Cavallo, rinde cuentas ante una comisión parlamentaria. Afuera —como sucedía todos los miércoles—, Norma Plá, junto a sus compañeros y compañeras de lucha, reclama cortando las calles por el aumento de las pensiones, en lo que será, acaso, el primer movimiento piquetero de los años 90.
Cavallo termina sentado frente a Normita, quien logró entrar al Congreso seguida por los periodistas que estaban dentro y fuera. Las cámaras también están encendidas.
Normita le plantea sus exigencias. Le dice que la ayudan sus hijos, que los demás jubilados comen salteado y duermen en la plaza Lavalle; le pide que “si lo presionan de afuera, salga al balcón y diga: ‘Nos presionan de afuera’, que el pueblo lo va a ayudar”.
Llega el turno de Cavallo, quien suelta, entre dubitativo y con voz temblorosa: “Mi padre también es jubilado. Yo me acuerdo cuando era un niño…, él aportaba como aportó su esposo”. Pero el ministro no puede seguir; Normita lo interrumpe: “No llore, señor ministro. No llore”.
Él dice entre lágrimas: “Estoy emocionado. Primero, porque lo que ustedes dicen es la verdad”. Sin embargo, continúa: “Mucha gente dice que no los tenemos [los recursos] porque estamos pagando al exterior. Les aseguro que lo que estamos pagando al exterior es mínimo. Y, si no lo pagáramos, si no pagáramos esos 60 millones de dólares que estamos pagando a los bancos acreedores, nos pondrían en una situación mucho peor”.
Nadie aplaude. Se apagan las luces y se baja el telón.

Tercer acto
Es principios de junio de 2026.
Esta vez es el presidente Javier Milei quien está frente a empresarios y ejecutivos reunidos en el Congreso Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF). Ante ellos, el jefe de Estado apela al mismo recurso que Sturzenegger: citando la película de Disney Monsters, Inc., pregunta: “¿Cuál es la trama de la película?”, a lo que él mismo se responde: “Va un monstruo y quiere asustar a una nenita, y la nenita lo mira y se le mata de risa. Es decir, el día que les saquemos la careta a los monstruos colectivistas, este país va a ser definitivamente libre y va a ser grande nuevamente».
El auditorio ríe y aplaude.
De este modo, Milei defiende el rumbo económico de su gestión y afirma: “Decidimos hacer las cosas que están avaladas por la teoría económica, por la evidencia empírica, y hacer lo que corresponde. Claramente, los resultados nos están acompañando y hoy la economía ya está mucho mejor que en el 2023. Pero, a fin de año, va a estar mejor, a mitad del año que viene va a estar muchísimo mejor y el año que viene, en octubre, los vamos a pasar por arriba y vamos a seguir impulsando las ideas de la libertad».
Hay diferencias de décadas entre el primer y tercer acto respecto del segundo. Sin embargo, las consecuencias de las políticas aplicadas detrás de esos argumentos —basados en el saber lo que hay que hacer, en ser expertos en la materia y en evitar el «mal mayor» eligiendo el «mal menor»— son casi idénticas.
En 1996, la enorme Norma Plá falleció el 18 de junio sin ver el aumento, habiendo cobrado una mísera pensión de solo 150 pesos —su marido había muerto tras quedar desocupado en los ’80— y tras haber afrontado más de 23 procesos judiciales solo por tirar huevos y reclamar frente a un Congreso inmutable.
En 2026, en este junio mundialista, los jubilados están prontos a cobrar un mísero bono de 70.000 pesos que se encuentra congelado en el mismo monto desde hace 29 meses. Reclaman, como lo han hecho históricamente todos los miércoles, por un aumento que no llega. Allí mismo se los reprime, tras el recorte de prestaciones y medicamentos en nombre de la salvación que les trae este Gobierno. Mejor no hablar de la comida y el techo.
Sin embargo, dos de los tres economistas se dieron el lujo de simular un llanto y hablaron de sus familias para mostrarse más humanos; el tercero desconoce la empatía y, tal vez por eso, ni siquiera intentó llorar como sus compañeros. Milei solo atina a gritar, insultar, amenazar y reafirmar que el camino del hambre y la represión son el futuro por el que transitará nuestro país en los meses venideros, bajo la promesa de un mundo mejor que, en realidad, está cada vez más convulsionado y alejado del paraíso.
Mientras tanto, un grupo selecto en el Congreso —como si fueran el Pituca que describió el Indio en «El arte del buen comer», vaya paradoja— se aumenta la dieta.
El auditorio no aplaude. Quizás porque sabe que todos seremos viejos.
Se apagan las luces y se baja el telón.
