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LA REGIÓN NECESITA UN NUEVO MODELO DE DESARROLLO ECONÓMICO

De la colonialidad hacia la sostenibilidad y la inclusión:

LA REGIÓN NECESITA UN NUEVO MODELO DE DESARROLLO ECONÓMICO


Por Ignacio Vila

Días atrás, en la entrevista realizada por el ex Presidente de Ecuador, Rafael Correa, al Presidente boliviano Evo Morales, ambos dejaron planteada una pregunta central para pensar nuestra región en general y el desarrollo de nuestro país en particular: ¿cómo generar un desarrollo económico sostenible e inclusivo?

Un modelo de desarrollo colonial

La particularidad nacional y regional es la colonial. Nuestros Estados nación, desde sus orígenes, han sido signados por la desigualdad y por la concentración de la tierra y de la riqueza. También, por oligarquías que siempre han tenido su mirada hacia lo extranjero. Es así como Rafael Correa asegura que: “nuestras oligarquías, ni siquiera tienen el espíritu del capitalismo, no han buscado maximizar rentabilidad, buscan mantener el poder -porque así nos han dominado dos siglos- y mantener las relaciones verticales sociales. Si se les propone a las élites latinoamericanas ser tres veces más prósperas pero iguales al resto, dicen que no. Prefieren ser tres veces menos prósperas pero mantener la desigualdad, porque en eso fundamentan su poder y su bienestar, su posibilidad de sentirse superiores y que dominan al resto”.

Ante esta realidad, ¿no sería necesario plantearnos nuevos modelos de desarrollo? ¿Podemos seguir confiando en la inversión privada de estos sectores como los motorizadores del desarrollo local? ¿Es la inversión extranjera una alternativa superadora? La experiencia histórica nos muestra que no. Los capitales extranjeros siempre han venido a valorizarse para luego irse en mayor cuantía. Gabriel Palma, economista chileno, se ha especializado en investigar las macroeconomías latinoamericanas y concluye que “hemos creado una sociedad rentista, poco dinámica, con crecimiento de la productividad casi nulo. Una sociedad donde la base de la acumulación viene en tanto por la apropiación ilícita de la renta de los recursos naturales”. Ante la pregunta de por qué América Latina se mantiene atrasada, el chileno es categórico: “el problema de América latina no es sólo la concentración del ingreso, sino que las élites empresarias lo usan en forma muy ineficiente. El motor del desarrollo económico es la inversión privada, la acumulación de capital y en América latina invierten muy poco, aunque se llevan la proporción del ingreso más alta del mundo”.

Conducir la inversión desde el Estado

Paralelamente, el tan temido déficit fiscal es la herramienta que ha encontrado el campo popular cuando conduce las riendas del estado para compensar el verdadero déficit: el de la inversión. Lo que no pone el sector privado para el desarrollo nacional, alguien lo tiene que poner. Hace unas semanas, en el marco de la presentación del libro Sinceramente en Cuba, la actual Vicepresidenta, Cristina Fernandez de Kirchner, afirmaba que “no podemos crecer si el Estado no inyecta fondos a la economía. En una recesión el único que puede invertir es el Estado”. Pero acá tenemos un agravante. La propia estructura económica genera que el grueso de ese déficit termine, al final del camino, en los bolsillos de las mismas élites y sus aliados internacionales. Ese esfuerzo estatal  termina en las grandes empresas locales y foráneas que, finalmente, convierten en fuga de capitales.
La rentabilidad que no reinvierten la dolarizan generando daños enormes en la economía local. Por otra parte, el déficit fiscal genera un aumento del consumo de las clases populares. Pero el grueso de las compras es canalizada por estas propias grandes empresas que profundizan la situación anterior, incluso cuando llegan a los límites de la capacidad productiva, ante la disyuntiva de aumentar los volúmenes de producción con nuevas inversiones o aumentar los precios, siempre se inclinan por la segunda opción. Fue la propia Vicepresidenta quien explicó este mecanismo desde La Habana al referirse al comportamiento de las empresas energéticas tras los tarifazos de Mauricio Macri, asegurando que “con los pesos que les sacaron a los argentinos de los bolsillos con aumentos del 2500 por ciento, las empresas compraban dólares y se los llevaban al exterior”. Este proceso, inevitablemente, garantiza el subdesarrollo nacional.

A principios de la década del 70, Corea del Sur comienza con un vertiginoso crecimiento que puso al país bien arriba en el ranking del desarrollo a nivel mundial. El economista coreano Ha Joon Chang en su libro Qué fue del buen samaritano relata recuerdos de su infancia acerca de cómo eran cuidadas en extremo las divisas creadas por el país, buscando asegurar que cada divisa generada fuese usada para el desarrollo nacional. Cuenta Chang que “la obsesión del país con el desarrollo económico se reflejó plenamente en nuestra educación. La nación debía utilizar todas las divisas obtenidas de sus exportaciones para importar máquinas y otras inversiones con el fin de desarrollar mejores industrias. Las valiosas divisas eran en realidad el sudor y la sangre de nuestros ‘soldados industriales’ que libraban la guerra de la exportación en las fábricas del país. Quienes las derrochaban en cosas frívolas, como cigarrillos extranjeros, eran unos traidores. No creo que ninguno de mis amigos llegara al extremo de denunciar tales actos de traición. Pero cuando los niños veían tabaco extranjero en casa de un amigo, los cotilleos eran inevitables. Gastar divisas en cualquier cosa no esencial para el desarrollo industrial estaba prohibido o fuertemente penalizado mediante prohibiciones de importación, a aranceles altos e impuestos indirectos”.

Es hora de que el Estado tome al toro por las astas y comience a tener un rol central en la conducción del desarrollo. Las oligarquías de América Latina más que agregar valor, desinvierten. Pero no se trata de salir a inventar nuevos empresarios. Argentina cuenta con grandes capacidades internas para convertir nuestra potencialidad en una realidad, pero es necesario marcar la cancha con reglas claras. Dice Gabriel Palma: “no se trata tanto de empresarios diferentes, sino de distintos tipos de Estado. En Asia, las reglas del juego que ponen los Estados permiten que las élites capitalistas conserven sus lugares de privilegio mientras esos sectores inviertan, promuevan el cambio tecnológico, innoven, creen empleo e impulsen el crecimiento económico. Las élites latinoamericanas, en cambio, se comportan como si su posición fuera eterna, inmutable e independiente de su rendimiento y los Estados están entregados a su poder. Se debe recuperar la capacidad del Estado para disciplinar a las élites empresarias. No significa que los empresarios dejen de ganar plata, sino que reinviertan sus ingresos, aumenten la productividad e innoven tecnológicamente”.

Hacia un desarrollo económico popular, social y solidario

En ese mismo sentido se expresaba Aldo Ferrer: “si los empresarios brasileños o de Corea, Taiwán o Malasia hubieran estado en Argentina, habrían actuado igual que el empresario argentino. Y si los argentinos hubieran estado en alguno de esos países, habrían actuado como hicieron los de esos países. La cuestión no es el lugar donde nacen, la cuestión es contar con un Estado nacional no sometido a las condicionalidades neoliberales”. Al mismo tiempo, volviendo a las palabras de Rafael Correa, está claro que nuestras oligarquías no pueden conducir a nuestros países al desarrollo, básicamente porque el subdesarrollo es la causa central para que puedan continuar con sus privilegios. Es hora de la economía popular, social y solidaria. Es hora de las pymes. Es hora de vivir con lo nuestro.

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