LA CULTURA DE LA ÉPOCA

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Foto CCK

LA CULTURA DE LA ÉPOCA

¿Quién define la cultura de una época? ¿los gobiernos o los pueblos? estas preguntas, que fueron pronunciadas en diversas etapas de la historia, cobran ahora notoria vitalidad. A la cultura homogénea y homeginazante del capitalismo se le debe oponer una cultura libre y autónoma.

Por Luis Zarranz

Para el Gobierno de Mauricio Macri, la cultura es como todo lo demás: una mercancía. Algo que se puede comprar y vender, y que, por lo tanto, sólo pueden disfrutar aquellos que disponen del poder adquisitivo para tal fin.

Lo mismo da si se trata de comunicación, salud, acceso a la vivienda o cultura. La identidad PRO considera que cada cosa sigue la regla de oferta y demanda que regula el mercado, su dios todopoderoso.

Basta analizar sus años de gestión –seamos generosos con el sustantivo– en la Ciudad para percibir el derrotero que nos espera a nivel nacional. Cierre de espacios culturales autónomos y autogestivos, vetos a leyes que fomentaban la diversidad artística, represión a talleristas de la Sala Alberdi del Teatro General San Martín, Violetta y Tan Biónica como “embajadores culturales” de la Ciudad de Buenos Aires, etcétera.

La lista podría extenderse al infinito.

Este es el modelo que, en tan solo dos meses de la alianza Cambiemos al frente del gobierno nacional, ya se puede apreciar con claridad. ¿Un ejemplo? El cierre y los despidos de trabajadores del Centro Cultural Kirchner, el mayor de Sudamérica.

Festival por el CCK
El Gobierno se defiende argumentando que se trata de un cierre temporario, lo cual invita a preguntarse sobre la pertinencia de hacerlo justo en el momento vacacional, que es cuando más podría disfrutarse. Lo que no es temporario –de seguro– son los despidos de sus trabajadores, echados por una evidente persecución ideológica.

En la concepción elitista de la cultura en la que abreva Macri y la clase dominante que da sentido a su gobierno neoliberal, es inconcebible que un espacio cultural de excelencia sea gratuito, abierto a todo público y en el que puedan mezclarse los habitués de la alta cultura con los que por primera vez asisten a un lugar así.

Es en este punto en donde el análisis y la acción tornan interesante la comprensión de los signos de la época. La pregunta que subyace es qué consideramos cultura y quién, o quiénes, terminan por definir los aspectos culturales de cada tiempo histórico.

Para quienes razonamos que la historia la definen los pueblos y no los gobiernos que los representan, la cultura es como un árbol: crece por abajo, hecha raíces y, recién luego, se ramifica y se expande.

Esta disputa política que no es ni más ni menos que la guerra entre la clase opresora y la oprimida por el control de la hegemonía tiene, entonces, a cada ciudadano, lo sepa o no, como combatiente.

A la sazón, depende de nosotros crear, sostener y potenciar espacios de libertad capaces de ser la punta de lanza para resistir el neoliberalismo. Cocinar espacios que tejan la trama de una cultura popular potente, ética y estéticamente transformadoras, y no copie otros modelos con distinto formato.

Urge –ya no como posibilidad, sino como deber– cimentar la cultura que enfrente a la que impone el mercado. ¿Cómo? Colectiva y autogestivamente, de abajo hacia arriba, libre, propiciando la diversidad y la inclusión y evitando la segmentación social, etaria y geográfica que genera el mercado.

La enumeración no es una receta, sino un punteo de lo que esta sociedad ya supo parir, sobre todo en épocas de nubes negras, que es cuando la necesidad de decir se convierte en el recurso más poderoso: murgas, teatro comunitario, espacios autónomos, medios autogestivos, escraches e infinitos etcéteras se gestaron producto de la inventiva popular.

Seremos, entonces, lo que seamos capaces de hacer, porque ya sabemos que es cierto que “la historia la escriben los que la ganan”, pero más cierto es que la ganan quienes la escriben y la protagonizan.