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IRÁN UN ESCENARIO DE LA GUERRA ECONÓMICA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA
Por Carlos Capasso
Transcurridos 34 días de guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, lo que sería en teoría una “operación relámpago” se convirtió en un conflicto de duración incierta y consecuencias sistémicas. La hipótesis de una intervención breve chocó con un actor que llevaba años preparándose para este escenario. Aunque la asimetría militar sigue siendo evidente —Estados Unidos mantiene la mayor capacidad bélica del planeta y una red de más de 750 bases militares— el conflicto empezó a revelar algo más profundo: su dimensión excede a Irán y apunta a la arquitectura del comercio, la energía y las finanzas globales.
La clave está en las rutas logísticas y sus nodos estratégicos. Cerca del 85% del comercio mundial se transporta por vía marítima y podemos hablar de cuatro puntos críticos para ese tráfico: el Estrecho de Ormuz, el Estrecho de Malaca, el Canal de Suez y el Canal de Panamá. La guerra impacta directamente sobre el primero y, por efecto dominó, sobre todos los demás. Ormuz conecta el Golfo Pérsico con Asia; Malaca es la puerta de entrada energética al continente asiático; Suez vincula Europa con Asia; Panamá articula el comercio atlántico–pacífico. Cuando uno de estos nodos entra en crisis, el sistema completo se tensiona.
La dimensión energética es fundamental, ya que Medio Oriente concentra alrededor del 50% de las reservas mundiales de petróleo y una porción decisiva del gas natural licuado. El cierre del Estrecho de Ormuz alteró el flujo energético global y puso en evidencia un dato central: el país más expuesto a esa interrupción no es Estados Unidos, sino China. La economía china depende de importaciones masivas de energía que atraviesan el Golfo Pérsico y el Sudeste Asiático para alimentar su gigante aparato industrial.
Desde esta perspectiva, el conflicto comienza a interpretarse como parte de la disputa estructural entre Washington y Beijing. La hipótesis estratégica sostiene que desestabilizar a Irán implica tensionar el suministro energético del principal rival de Estados Unidos. La guerra deja de ser un episodio regional para convertirse en una pieza de la competencia entre potencias.
Paradójicamente, el efecto inmediato fue contradictorio: las exportaciones petroleras iraníes no se desplomaron tras el inicio de la guerra, sino que aumentaron, impulsadas por redes comerciales alternativas y compradores dispuestos a operar fuera del sistema financiero tradicional. Este dato refuerza una dinámica que ya venía gestándose: la erosión del orden energético dominado por el dólar. El gigante asiático era el mayor comprador del petróleo iraní, adquiriendo el 80-90% de sus exportaciones totales, lo que antes del inicio de este conflicto, significaban entre 1,38 y 1,91 millones de barriles diarios.
En datos económicos, desde 2017 China es el principal importador de petróleo del mundo, pese a que también es uno de los principales productores, alcanzando aproximadamente 4,3 a 4,6 millones de barriles diarios durante el 2025.

Fin del petrodólar y disputa monetaria
El trasfondo financiero resulta inseparable del energético. Durante décadas, el comercio mundial del petróleo se realizó en dólares, consolidando la hegemonía monetaria estadounidense. Sin embargo, la incorporación de grandes productores de hidrocarburos a bloques alternativos y el creciente comercio energético en monedas locales o en yuanes comenzó a erosionar ese esquema.
En este contexto, el conflicto también puede interpretarse como una disputa por la moneda de referencia del comercio energético. Si el petróleo deja de adquirirse exclusivamente en dólares, el sistema financiero internacional pierde uno de sus pilares fundamentales. La guerra se inscribe, así, en la transición hacia un orden económico más fragmentado y multipolar. Y con el inicio del conflicto, Teherán impuso una medida en la que sólo pueden circular por el Estrecho de Ormuz aquellos barcos que comercien en otra moneda que no sea el dólar, un golpe directo a Washington.
La autosuficiencia energética estadounidense, lograda a través del fracking, juega un papel clave en esta ecuación. A diferencia de crisis anteriores, Washington no enfrenta el riesgo inmediato de desabastecimiento interno. Esto le otorga margen para tolerar —e incluso provocar— disrupciones globales que impactan con mayor intensidad en Europa y Asia. La experiencia reciente de la guerra en Ucrania ya había mostrado este patrón: el gas estadounidense reemplazó al ruso en Europa a precios significativamente más altos.
Por otro lado, Estados Unidos no logra controlar el aumento del precio del galón de combustible en su propio territorio, que a fines de marzo alcanzó los 4 USD. Antes de la guerra se encontraba en 2,98 USD. Esto conlleva un proceso inflacionario poco frecuente en la economía norteamericana.

Consecuencias inesperadas y efectos bumerán
El conflicto produjo resultados contrarios a los cálculos iniciales. En lugar de provocar una rápida desestabilización interna, Irán experimenta una fuerte cohesión política producto del auge nacionalista. Al mismo tiempo, las sanciones aceleraron la cooperación entre Rusia, China e Irán, que avanzan en sistemas de pago alternativos y mecanismos financieros paralelos al sistema dominado por Occidente.
Este proceso acelera la erosión del orden surgido tras la Segunda Guerra Mundial, basado en instituciones como el FMI y el Banco Mundial. La arquitectura financiera global comienza a mostrar grietas que se amplían con cada sanción y cada restricción comercial. Sumado a que el esquema de alianzas internacionales que forjó Estados Unidos, se viene deteriorando con anuncios de los Gobiernos de Gran Bretaña, Francia, España e Italia, que no permiten la utilización de su espacio aéreo por parte de las fuerzas norteamericanas.
El conflicto también envía una señal geopolítica inquietante: los países sin capacidad nuclear quedan expuestos a intervenciones militares, mientras que quienes poseen ese armamento conservan un mayor margen de disuasión. El riesgo de proliferación nuclear emerge como una consecuencia indirecta del nuevo escenario. El poderío nuclear se cristaliza en soberanía.
La guerra en Medio Oriente ya no puede entenderse como un conflicto regional. Es un capítulo de la transición del poder global, donde la energía, las rutas marítimas y la moneda, se convierten en campos de batalla de una disputa geopolítica muy amplia.
