

CUANDO EL ENEMIGO NO SE ELIGE, SE FABRICA
Por Carlos Capasso
El Mundial terminó y nos queda el sabor amargo de volver a ver a Leo Messi con la medalla de plata en el cuello como en aquel fatídico 2014. Un recuerdo que aún hoy, escribiendo estás líneas, me parte al medio. Por qué no es sólo perder una final, es ver el último mundial del mejor jugador de todos los tiempos, aquel que hace que lo imposible se haga real, como dice Rata Blanca en Días Duros. Ese 1 a 0 ante España posterga la ilusión de la cuarta estrella, pero nos deja la alegría inconmensurable para una generación, que no vivió el gol del siglo con Diego en 1986, de haber eliminado a Inglaterra en la semifinal de la competición más importante del deporte, y hacer flamear en el verde césped una bandera que diga “Las Malvinas son Argentinas”.
El sentido de la nota, no es una crónica futbolística de ésta final, ni una despedida de Messi, porque no es lo futbolístico lo que en estos momentos me invita a reflexionar. Cuando Lionel Andrés Messi levantó la copa del mundo en Qatar 2022, Argentina y el 10 de la selección estaban en el pick del momento. La narrativa en redes sociales demostraba la felicidad de ese logro. Cuatro años después, en Estados Unidos, Canadá y México 2026, esas mismas redes, de una manera orquestada, convirtieron a nuestra gloriosa nación y a nuestro capitán en un villano.
¿Qué cambió en cuatro años? Según una publicación de la usuaria de X @therosieum, experta en construcción de narrativas, publicidad y análisis de datos, la capa más visible de esa transformación en la construcción de una narrativa negativa sobre Argentina fue la capa de distribución del algoritmo detrás de Instagram y TikTok que decidieron que las ediciones de Messi como el villano tenían mayor alcance que como héroe. La repetición constante de estas ediciones, se fueron instalando como “conocimiento común” y logrando cada vez más adeptos de que a Messi lo ayudaron, le regalaron el mundial, que los argentinos son racistas, que no respetan y más argumentos que se fueron generando y alimentando en redes sociales. No es nuevo, solía ser la herramienta de coerción de los medios tradicionales, pero hoy desde las arquitecturas digitales se consolida que la indignación, el conflicto y la sorpresa son mejores para captar la atención. Cabe destacar, que estos contenidos suelen tener una capa en la cual parecen orgánicos, pero son siempre pagos…
Si entendemos que la conversación en redes cambió en estos años, es importante buscar el por qué y el para qué. El especialista en redes Agustín Giménez armó un análisis, retomado después por varios medios, que da una idea de la magnitud del fenómeno: en la última semana del torneo, la Argentina generó cerca de 23,7 millones de posteos en X, un 49% más que España y muy por encima de Inglaterra o Francia, quienes ocuparon el tercer y cuarto puesto de la competición. Según Giménez, buena parte de ese volumen fue hostilidad organizada bajo el hashtag «VAR-gentina», instalado después de octavos contra Egipto y la teoría, nunca probada, del «Mundial arreglado». Detrás de esto hay una campaña organizada, y financiada, para desprestigiar al País y a su ídolo. Los grandes medios y cadenas deportivas internacionales hicieron su aporte a esta construcción de narrativa. ESPN llamó al equipo argentino «disgrace»; Marca tituló que España había «salvado el fútbol»; The Telegraph resumió la final con una frase provocadora «Football 1, Criminals 0».

Ahora bien, más allá de cómo nos fue en la cancha, los discursos de odio, son en sí mismo un modelo de negocio en el mundo de las redes sociales. Desde hace tres años X les paga a los usuarios verificados según cuánta interacción generan sus posteos. Cada mensaje viral de «VAR-gentina» no sólo insultó, además le generó ingresos a quien lo escribió y, si hablamos de que los algoritmos premiaron estos discursos, esos ingresos fueron muchos. No hace falta odiar a la Argentina para ser partícipe de esto, alcanza con que la Argentina sea, por unas semanas, el contenido que mejor paga. Los algoritmos no necesitan convicción ideológica para fabricar un enemigo. Necesitan, nomás, que ese enemigo retenga la atención un rato más que el resto. El villano no se elige. Se fabrica en los modelos de construcción de narrativa actuales.
Ese mecanismo no nació en este Mundial y tampoco se va a ir con el silbatazo final. Ya se convirtió en un arma de destrucción masiva de los dueños de estas arquitecturas digitales que buscan la indiferencia ante el sufrimiento del otro. Ya lo vimos en el genocidio en Gaza por parte de Israel; con el bombardeo a la escuela primaria de niñas Shajareh Tayyebeh en Irán, que dejó 160 personas fallecidas, en su mayoría niños y niñas; con la demonización a los inmigrantes que intentan llegar a Europa luego de que la misma Europa se encargase de bombardear y saquear sus países; en cada elección donde la fractura social terminó siendo negocio para el fascismo. Está estrategia es lineal y lo único que cambia, mundial tras mundial, elección tras elección, es el nombre del nuevo villano elegido por los dueños de los algoritmos. Esta vez fuimos nosotros, Messi de un lado y el país del otro, bajo un discurso mediocre, con grandes capas de ignorancia, como indicar que nuestro país es racista… El año que viene, con elecciones de por medio, no sería raro que la misma maquinaria se active puertas adentro, contra cualquiera que le resulte incómodo a los dueños de las arquitecturas digitales.

Mientras tanto, el debate público en el mundo se va radicalizando al mismo ritmo, con claras intenciones de que así sea y con objetivos claros. El propio secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, describió hace pocos días —en un discurso sobre seguridad nacional que no tuvo nada que ver con el fútbol, pero que retrata bastante bien el clima de época— a la izquierda radical como «un mal distintivo y único», empujado por «un odio, por encima de todo, hacia la propia civilización», con «un resentimiento venenoso disfrazado con el lenguaje de la igualdad, la justicia y la liberación». Un discurso que construye una narrativa de guerra cultural, el nosotros contra ellos, el enemigo interno como amenaza a la civilización, y es exactamente lo que los algoritmos amplifican mejor, porque como bien desciframos en párrafos anteriores, es el que más engagement genera. No hace falta que Musk, Thiel, Zuckerberg, Altman o cualquier otro dueño de plataforma comparta una ideología puntual. Alcanza con que la polarización sea, otra vez, lo que más les rinda a ellos.
Por eso discutir si la Argentina «se lo mereció» o no es, en el fondo, discutir en los términos que la propia maquinaria nos propuso. La pregunta, por fuera de lo futbolístico, es ¿Quién decide qué conversación se vuelve masiva y cuál se apaga en silencio en el mundo de las redes sociales y los algoritmos? ¿Quién se beneficia de la beligerancia entre países vecinos en lugar de discutir con quienes diseñan las reglas del juego? Ese ecosistema digital funciona, de hecho, como un espacio público… Ellos deciden qué vemos, qué creemos, con quién nos indignamos cada semana, que tenemos que repetir, que modelo de vida es el correcto, con quien empatizamos y más, pero nadie lo regula ni lo controla. Esa pelea, la de disputarle a un puñado de megamillonarios, de tecnofeudalistas, como los nombró Varufakis (Quien también se plegó a estos discurso de odio contra Argentina generados por los algoritmos), la administración de la conversación pública. Tenemos que entender que no se gana desde un solo Estado, se necesita coordinación internacional, acciones conjuntas, y es ahí, donde estos discursos de odio y tensiones internacionales, busca hacerse mella y profundizar la fragmentación permanente entre las naciones y las sociedades.
Hoy, mediante una campaña orquestada, el villano fabricado fue Messi y la Argentina. Mañana le va a tocar a otro país, a México, a España, a Paraguay, a una causa específica, a una religión, a un opositor a algún gobierno fascista, a una etnia, a una minoría, a cualquier otro fragmento social al que le convenga enfrentar con el que esté del lado de los dueños de esta maquinaria. Mientras el algoritmo siga en manos de los dueños del mundo, los que ya demostraron que están dispuestos a usarlo de esta manera, esto no se va a resolver y mirando para otro lado, tampoco.
