Manifiesto:

LA DOCENCIA, EL ÚLTIMO GUARDIÁN DEL CENTENO

Por Leonardo Valenzuela

Soy docente desde hace más de 5 (cinco) años y es imposible no expresarme luego de que la realidad guindó sus nuevos fustes lúgubres y siniestros.
Un hecho que desborda en tristezas, crueldades y un sin fin de metafísicas de la maldad, engaños, mentiras, indiferencias, imposturas, egoísmos varios y  la destrucción de dos seres. El  derruir material de sus  cuerpos y el fuego del alma expandidos en todo un territorio.

Desde 2001 a la actualidad, el conurbano fue mutando, cambiando sus pieles,  variando sin llegar a la bella crisálida. Cambios y adaptaciones anfibias  de una tierra creada como refugio para el migrante interno  y externo.  Un páramo para cualquier habitante del mundo (algo que soñaba el mismísimo Jonh Lennon). Una morada para crear las nuevas cabañas de chapa, tejas, ladrillos a la vista, pisos de cerámico, concebir cálidamente a  la familia de tipo ideal  santiagueña, italiana, boliviana o cualquier otra identidad nómade, extensa y de buenas intenciones. Una emulación del ideal norteamericano donde el progreso, el futuro y los valores del buen capitalismo se cimentaron a lo largo  y ancho (el desborde) de las nuevas fábricas, y los nuevos barrios  que  se anidaban a la orilla del gran Río de las Conchas y el  Ferrocarril Oeste.

El conurbano, ese espacio sideral, trashumante y hasta circense, que se hacía horizonte vago al cruzar la Gral. Paz y denominado circunstancialmente (en derivas electorales) la  espalda o el vientre de la Argentina, cargado de un sin fin de historicidades/heridas e irreverencias desde las campañas bonaerenses, el peronismo, los ’70, Malvinas, el menemismo, los movimientos desocupados, tantos acontecimientos que marcaron sus hiedras, sus dientes de león, ideal para caminar con los pies al desnudo,  sufrió una fuerte degradación estructural.  Durante más de quince  años se convirtió en un conjunto de tierras muy deplorables, angustiosas, donde se aloja la pobreza económica y los continuos descaramientos; la falta de barniz, las casas sin pintar, maderas podridas,  los techos a medio hacer, los parches, vidrios rotos, municipios sostenidos por alambres, edificios en ruinas, abulias crónicas y otros escombros. Nuevos conflictos sociales aparecieron, fenómenos incomprensibles, duros, propios del abandono o del fin de su función en algún plan mayor. Paisajes desolados con pinturas y colores opacos, desgastados, de los ochenta  y los barrios con nuevos lenguajes, con nuevas urgencias donde les trabajadores sociales, la psicóloga , la doña de la copa de leche, les educadores populares, les talleristas, les gendarmes y  la militancia se extraviaron en fórmulas viejas de recomposición social o  sencillamente  se  pusieron la gorra.

En todo ello, en esa desintegración absoluta de un territorio donde las mejores inversiones y/o negociados  fueron los guetos de “barrios cerrados” y “el country”. El conurbano, no fue peor, más monstruoso,  más indigno para las comunidades que seguían y siguen creyendo en los paradigmas que los vio nacer, gracias a les docentes.

Les docentes fueron los mejores dispositivos para amortiguar la intemperie, la pampa al aire libre con un techo lleno de estrellas, las moléculas micropolíticas que inventaron fórmulas para defender al conurbano de su mayor degradación. La defensa de una subjetividad humanitaria (algo extinta).  Cuidaron de la comunidad (en sus posibilidades), de les niñes  y su  crianza,  de su proceso vital, de las familias, de los centros comunitarios, sin nada a cambio (ya que su profesión se fue difuminando desde el menemismo a la actualidad, al punto de convertirse cada une, en hipster vagos, con buenas intenciones), como una suerte de altruistas sin partido.

Allí se van dos vidas, la de Sandra y Rubén,  que cuidaron hasta el último de sus minutos la dignidad de ese territorio. La escuela  y  la comunidad  solo existen por sus docentes. Los docentes no serán hoy en día ese haz de luz que imaginaba Sarmiento, ni Paulo Freire, eso ya fue, lxs guía predilectos del conocimiento.  Es más, el conocimiento unívoco de las Instituciones también se va a caer, como el patriarcado, sus dinámicas vetustas, áulicas, monológales, de  burocracias y jerarquías del conocimiento, su utilidad, todo eso va mutando, nuevas formas de conocer, perspectivas que tienen en cuenta las sensibilidades, el corazón, lo autodidacta, otros saberes, es lo que viene.  Más allá de eso,  este docente (el actual, el viejo y el joven),  es un guardián de una humanidad   -que a pesar de los desvíos del presente sigue siendo nuestra humanidad-, que protege y sigue inventando emociones,  vitalidad,  ilusiones,  sueños,  fantasías,  deseos, alegría, juegos, las subjetividades más luminosas que el contexto neoliberal, lleno de oscuridades y terrores (despidos, encarcelamientos, consumos, individualismos poderosos) propone en lo cotidiano.

Así como en  México todo podría ser peor sin los zapatistas o en en el nordeste de Brasil sin el MST, en Buenos Aires, en nuestro profundo rincón provinciano, plagado de nuevas sustancias, les docentes lo sostienen, están ahí, en los nervios donde abunda el pánico y la psicosis, el hambre y la ansiedad, el gendarme y  el transa, el pibe sin laburo,  las pibas y el futuro incierto .
No hay heroísmo sino permanencia e insistencia en el cuidado de la comunidad, de lo sagrado de la vida, al punto de levantarse por elección ( a diferencia, tal vez de quien elije trabajar en oficina con aire acondicionado y olvidarse tranquilamente por 6 hs de su barrio, de su edificio, de sus pares, de sus vecinos. Fugarse.) más temprano, pensar en calentar un espacio para el desayuno de 500 niñes en algún rincón  de Moreno

 o para saber que en ese compromiso, se puede ir la vida propia.

Justicia por Sandra y Ruben

 

 

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