Solidaridad con La Garganta Poderosa

ABUSO, SECUESTRO Y REPRESIÓN POR PARTE DE LA PREFECTURA… OTRA VEZ

Por María Quintero

Esta madrugada, la prefectura se llevó preso a dos integrantes de La Garganta Poderosa. Uno de ellos es fotógrafo y fue detenido por filmar el abuso por parte de la Fuerza de Seguridad a la familia de Iván Navarro. Justamente, la familia de Iván debe prestar testimonios esta semana en el juicio oral por las torturas efectuadas por esa misma Prefectura y en ese mismo barrio a Iván Navarro y Ezequiel Villanueva el año pasado.
La impunidad con la ejercen el abuso las Fuerzas de Seguridad no se detiene y se recrudece día a día, y es peor aún en aquellos barrios donde viven los sectores sociales más vulnerables y más invisibilizados.

En plena madrugada, impunemente, amedrentaron a la familia Navarro, entraron ilegalmente a una casa, abusaron de una mujer, maltrataron menores, se los llevaron detenidos. Los detenidos fueron Roque Azcurraire, fotógrafo y comunicador popular, y a su hermana, y a Juan Pablo Mónaco, también integrante de La Poderosa y cuñado de Roque. Durante más de una hora, las Fuerzas de Seguridad se negaban a dar información sobre el paradero de lxs detenidxs.

Desde Revista PPV exigimos la inmediata liberación de Roque y Juan Pablo quienes a la hora del cierre de esta nota, aun permanecen en la Comisaria 30 de Barracas.
Decimos Basta de Impunidad para con las Fuerzas de Seguridad.
Le exigimos a la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich: BASTA de gatillo fácil, de torturas, de amedrentamiento y de represión contra el Pueblo. Basta de violencia y abuso de las Fuerzas de Seguridad hacía los sectores más pobres y hacia las mujeres.

Copiamos el testimonio de Jessica Azcurraire publicado en la Fanpage de La Garganta Poderosa sobre la represión vivida esta madrugada.

“ROMPIERON MI PUERTA, ME MANOSEARON, APALEARON A MI SOBRINO Y SECUESTRARON A MI HERMANO, POR INTENTAR FILMAR CÓMO BALEABAN LA CASA DEL VECINO QUE DENUNCIÓ SUS TORTURAS”

* Por Jésica Azcurraire,
vecina y asambleísta de la Villa 21,
reprimida y abusada esta madrugada por la Prefectura.

Todavía no entiendo nada. Sigo adentro de una película de terror que comenzó anoche, cerca de las 11, cuando varios prefectos realizaron una requisa y empezaron a verduguear a mi sobrino de 16 años, que terminó cagado a palos como tantos pibes. Se había ido a jugar al fútbol y llegó a casa con toda la cara hinchada, corriendo, desesperado. Al escucharlo, salimos para pedirles explicaciones a los prefectos, pero mi hermana cometió la “imprudencia” de preguntarles a los uniformados por qué le habían pegado así a su hijo, ¡un menor! Ahí nomás, la respuesta fue clarísima: “Cerrá el orto”. Y la segunda, cuando ya eran más de 40 uniformados, no necesitó palabras: se abalanzaron sobre nosotros literal y brutalmente, desatando una cacería que les permitió cagar a tiros el frente de la casa de Iván Navarro, cuya familia debería prestar testimonios esta misma semana, en el primer juicio oral que logramos elevar por torturas de la misma Prefectura, en este mismo barrio.

Largada su razzia, una vez más, veo cómo la Prefectura empieza a lanzar gases en el pasillo donde vivimos y corro lo más rápido posible para entrar a casa, creyendo que nos pondríamos a salvo. Pero no existe ley para ellos, cuando de la villa se trata: automáticamente comenzamos a escuchar cómo pateaban el portón, cada vez más fuerte, hasta dejarlo como un papel rasgado. Entraron, sí, como si nada. Todos hombres, cinco, me agarraron de los pelos, me apretaron el cuello, me patearon las piernas y me dieron con sus palos, hasta que uno me puso contra la pared, manoseándome las tetas. Aterrada, grité: “¡Soltame, me estás tocando!”. Y peor, me estrujó como una bestia: “Callate, puta de mierda. ¡Callate, la re concha de tu madre! Negra de mierda, sucia, bocona”.

Al costado, la represión contra todos los vecinos continuaba recrudeciéndose y mi compañero no podía ayudarme, porque lo estaban sacando a las patadas, ¡justo a él! No hay nadie que no lo conozca en el barrio, como vecino, como laburante y como activista de nuestra asamblea. ¡Estaba durmiendo la siesta! Y horas antes había estado ayudando con las obras en nuestra “Casa de la Mujer”. ¡Pero qué importa! Con la mayor impunidad jamás vista, gritaban: “Chúpenlo, no importa, ¡agarren a cualquiera!”.

Dicen que “secuestraron un palo”, sí, ¿saben qué palo secuestraron? El palo que cierra la puerta de nuestra casa, porque lamentablemente no tenemos ni una cerradura, entonces usamos ese “palo” para evitar el ingreso de todas las personas civilizadas que necesitan aplaudir o tener una orden de allanamiento para entrar, cuando no pueden valerse de las armas y la impunidad del Estado.

Siempre con su cámara cerca, mi hermano Roque intentó registrar toda esa locura, pero no llegó a filmar nada porque se lo llevaron también, en cuanto se presentó como fotógrafo de La Garganta, ¿entienden? Su único delito fue haber descongelado tres empanadas y haber tomado su herramienta de trabajo cuando un operativo ilegal de la Prefectura se metió a nuestra casa, rompiendo la puerta a las patadas. Pero no conformes con llevarse a mi hermano y mi compañero, nos volvieron a reprimir y se llevaron a mi hermana, para pasearla durante 80 minutos en patrullero, mientras nos negaban su presencia en la comisaría que señalaba el Juzgado.

¡Basta, por favor!

Pensamos que nos mataban.
Y sí, otra herida nos hace temblar, quedamos aterrados.
¡Pero nunca más en la vida, nos vamos a quedar callados!

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