Editorial

Del Proceso de Reorganización al de Reconciliación

Por María Quintero

Nicolas Massot pidió, hace unos pocos días, la reconciliación entre los militares genocidas y la generación del 70 que padeció exilios, torturas, asesinatos, desapariciones, robo de bebés.

“Con los años 70 hay que hacer como en Sudáfrica y llamar a la reconciliación”, fue la frase utilizada por el actual diputado por Córdoba y presidente del Bloque Pro.

Nicolás Massot, sobrino de Vicente Massot procesado por asesinar obrero gráficos en la dictadura y actual director del diario La Nueva Provincia de Bahía Blanca, fue el elegido por Mauricio Macri a la hora de reemplazar a Pinedo en la Cámara de Diputados. Una muestra más de la coherencia ideológica que lleva adelante Cambiemos con su pasado político.

Así, aquel poder civil en complicidad con los militares que llevaron adelante la dictadura más cruenta de nuestro país, esboza su nueva estrategia de reorganización de la historia.

Es interesante el análisis de estas dos palabras que identifican a una y otra etapa de nuestro país como banderas de la propaganda política. En 1976, la palabra Reorganización fue la depositaria de la política económica y social impuesta por la dictadura cívico militar. En 2015, la idea de “Unir la grieta” fue la primera instancia para llegar a lo que hoy abiertamente se pide ya como Reconciliación entre torturadores y torturados, entre desaparecedores e hijos de lxs desaparecidos.

La composición semántica de estas dos palabras – el Re se utiliza para indicar hacia atrás y el sufijo Ción se utiliza para indicar acción y efecto- tienen el mismo fin en la pragmática de la historia: un retroceso en derechos que también abarque una (re) organización de la sociedad que se ajuste a las necesidades económicas y, por lo tanto, políticas de quienes ostentan el poder.
Retroceso en las conquistas sociales y en las libertades individuales. “Somos la generación que vino a cambiar la Argentina para siempre”, repitieron Mauricio Macri y María Eugenia Vidal una y otra vez. Y claro que ese cambio es una marcha atrás, basta con ver los números de despidos, la cantidad de fábrica y empresas cerradas, lxs presxs políticos, las persecuciones a quienes están en la oposición, las violentas represiones, la violación al derecho a manifestarse libremente sin ser reprimido o detenido, los decretazos que ponen en jaque el normal funcionamiento del Congreso, la inescrupulosa corrupción de quienes dijeron venir a combatirla.

A esta realidad se suman además, las tantísimas declaraciones de funcionarios del gobierno nacional, incluido el presidente Mauricio Macri, poniendo en duda la cantidad de desaparecidos, hablando de los derechos humanos como un curro e instalando e los programa de televisión oficialista la idea de una nueva teoría de los dos demonios.

¿Reconciliarnos para seguir retrocediendo? Debe saber Massot, jefe de bloque del Pro, que para llegar a una reconciliación debe haber un mínimo pedido de perdón de quienes actuaron aberrantemente. Nunca hemos oído a un solo militar arrepentido ni haber pedido perdón a ninguna víctima del terrorismo de Estado. Sin embargo, sí vemos a Etchecolaz pasear libremente por las calles de Mar del Plata. Este pedido de reconciliación es más un pedido de impunidad, de un aquí no ha pasado nada, que una mínima muestra – y no remediable del dolor de las víctimas ni del pedido de Justicia- de arrepentimiento por parte de los asesinos.

En este proceso de reorganización, el pedido de reconciliación es casi con un tenor religioso de castigo, penitencia y olvido para obtener la paz. Y quedan pocas dudas de a quien cree Massot que hay que perdonar para reconciliarse. Y a quien le aplica, junto al gobierno al cual representa, la penitencia requerida -liberación de más de medio centenar de genocidas, recorte presupuestario para el área que lleva delante de los juicios de lesa humanidad, estigmatización a la militancia opositora- para obtener la reconciliación.

Sin embargo, se olvida Massot que el terrorismo de Estado perpetrado por la complicidad cívico militar que asesinó y desapareció a 30 mil personas y hundió al país económicamente, no merece de parte de la sociedad argentina ni olvido ni perdón. Y esa sociedad ya lo demostró en el multitudinario rechazo al 2×1 a los genocidas que quiso imponer el gobierno nacional en 2017.

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