CORRER LOS LÍMITES, LA VIOLENCIA MACRISTA

O de cómo el macrismo naturaliza la violencia


Por Daniel Bello

Parte de los slogans que desplegó Cambiemos en la campaña previa a las elecciones de 2015 fueron entre otras, la de unir a los argentinos y no perseguir a quien piense distinto.

Sin embargo, en los primeros meses de la gestión de Mauricio Macri hubo una persecución clara y concreta, tanto dentro como fuera del Estado, a quienes pensaban distinto. Los despidos se justificaban con un stalkeo en las redes sociales y afectó desde trabajadorxs en ministerios hasta trabajadores de prensa como sucedió cuando Ana Gerschenson en radio Nacional justificó con eso el despido a Jorge Halperín, por dar un ejemplo.

En consonancia, y sumada a la previa construcción y demonización que realizaron los medios hegemónicos sobre el sujeto político kirchnerista, el resto del mejor equipo de los últimos 50 años reforzó este proceso. La frase de Alfonso Prat Gay, cuando era ministro de Hacienda y Finanzas, sobre que había que eliminar “la grasa militante” muestra un punto alto de este proceso.

Este discurso, que partió en definitiva desde el Estado, funcionó en ciertos sectores de la sociedad como un permiso para desplegar violencia como un grupo de choque, o sea, hacer aquello que el gobierno no podía. Y se hizo de tal manera que a lo largo de 2016 se pudo constatar más de una docena de ataques a locales políticos opositores al gobierno y redacciones de medios de comunicación. Esto incluyó armas de fuego, como fue el caso del instructor de tiro Alejandro Sidero, procesado por “Tentativa de Homicidio” y embargado en 500 mil pesos, que abrió fuego contra una sede de Nuevo Encuentro – hiriendo a dos mujeres, una de ellas con una beba en brazos- en el barrio de Villa Crespo.

En la medida que avanzó este discurso, paralelamente el gobierno también avanzó en una “revitalización” y rearme literal del aparato represivo.

Mauricio Macri, junto a Patricia Bullrrich, Horacio Larreta y Cristian Ritondo, logró que 19 mil efectivos pasaran a cumplir funciones en la Ciudad de Buenos Aires, centro neurálgico de toda manifestación en rechazo a las políticas de ajuste de Cambiemos.

A su vez, también logró que se naturalice la presencia policial en las calles por parte de los ciudadanos y ciudadanas, a quienes ver carros hidrantes, 3 patrulleros 3 motos y una docena de policías en una esquina ya no les llama la atención.

Volver a empezar

Encarando el segundo año de gobierno, Macri no sólo mantenía detenida arbitrariamente a Milagro Sala – diputada de Parlasur electa en las mismas elecciones con las cuales Macri se ufana de haber recibido un mandato popular para hacer lo que hace (sin decir que en realidad perdió en la primera rueda y que en el ballotage un 49 no votó por él por lo que el termino mayoría queda en suspenso)- , sino que también comenzó a desplegar la violencia verbal sobre otro sector: gremios y sindicatos.

En este caso, trató de hacerlo sin mover o recrear las dimensiones que ya se habían construido sobre los militantes kirchnerista. Es decir, el gobierno buscó trasladar y desplegar sobre la figura de los docentes sindicalizados las mismas connotaciones que ya se habían desplegado sobre la militancia kirchnerista.
Cabe recordar el macartismo de María Eugenia Vidal cuando en marzo de este año pidió que los docentes
“se sinceren y digan si son kirchneristas”.

A la violencia verbal sobre este actor social y político le faltaban hechos, y estos se concretaron el domingo 9 de abril, cuando la policía reprimió brutalmente a los docentes –“desplazó” en la verba hegemónica- mientras instalaban la Escuela Itinerante frente al Congreso como medio de protesta.

En estos días se conoció la noticia de que un chico de 13 años golpeó a una docente… un hombre golpeó a una mujer.
Acá aparece un tercer actor que se compone de dos sujetos: los niños y las mujeres. Sobre los niños ya ha actuado, basta recordar el ataque a balazos a una murga, la represión en un comedor de Lanús, los últimos hechos en los cuales los estudiantes secundarios fueron directamente agredidos por policías, el ingreso de personal armado a las escuelas y la detención que se realizó en Jujuy de alumnos universitarios de la Facultad de Ciencias Agrarias.

Sin embargo, sobre las mujeres, el gobierno quiere operar, pero que no puede desplegar su violencia verbal con la potencialidad que quisiera o que desplegó sobre los dos primeros actores.

Las mujeres

Y es que esta violencia verbal del gobierno tiene implícita una violencia machista.
Pasando por las militantes de Nuevo Encuentro baleadas, la razzia que se realizó – por personal civil y sin identificar- dos horas después de finalizado el primer Paro Internacional de Mujeres del 8M hasta llegar a Milagro Sala quien está por cumplir 500 días detenida arbitrariamente y que además ha sido torturada en la cárcel. Todos estos hechos expresan, claramente, la intención del gobierno de disciplinar ese cuerpo que ha osado salirse de los roles predeterminados que tiene una mujer asignados en un sistema patriacal. Una intención que encontró en la sociedad y en las Instituciones a quienes están dispuestos a cumplir ese proceso de “normalización” de las mujeres al rol impuesto por el machismo que camina- y caminó históricamente- como base y sustento del neoliberalismo.

Como conclusión, se puede aseverar – casi como una muletilla- que Macri no cumplió con nada de su campaña y que la tan mentada “grieta” que según dijo venía a cerrar, es constantemente alimentada por su gobierno.

A esta altura del gobierno de Cambiemos, no hay dudas sobre la ola de violencia que parte desde gobierno para generar terror, y que está siendo desplegada sobre todos los actores a los que este gobierno quiere disciplinar y que han sido sujetos de derechos en los últimos años previos a 2015.

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