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Por Corina Vera

Estoy harta. Cansada. Nerviosa, ansiosa. Vuelvo a ducharme a la mañana llorando por el asesinato de una mujer. No la conozco, no sé bien dónde vivía, nunca la vi en la vida. A mí me tiemblan las manos cuando me pongo nerviosa, y hoy no paran de temblar desde las 8 de la mañana, cuando me enteré de que era Araceli. Y anoche me fui a acostar pensando en que no importaba si era o no Araceli, porque igual era una menos. Pero era Araceli. Y me desperté con muchas ganas de abrazar a mis compañeras y a mis amigas. Y a mi mamá y a Flor. A mis amigos también, pero más a ellas. Pero resulta que exagero. Porque cómo puede ser que sienta tanto algo que siempre pasó, pero que ahora está fogoneado por los medios. Algo que es terrible, sí. Qué perverso, la mutilación, enterrarla bajo 35 centímetros de cemento. Pero siempre pasó. Y yo no la conozco, entonces exagero un poco.

Entonces esta movida del Ni Una Menos está bien, la compartimos todxs, pero estoy exagerando un poco. Pero resulta que me encuentro hablando en el almuerzo del laburo con una amiga, y le cuento cómo me siento. Hoy el día está más gris. Me pegó mal. Micaela también me abrumó, pero con Araceli me quebré un poco más. Y ella me dice que, con la misma angustia materializada de otra manera, que a ella Micaela la desarmó, pero que hoy se siente un poco más fuerte para canalizar la bronca y el dolor en energía. Y se acerca una compañera de otra área, y las tres pensamos en Lucía Pérez. Y nos pasamos los días así, levantándonos entre nosotras cuando una cae, porque caemos en que vivimos en un mundo que nos mata porque somos mujeres.
Y nos tenemos que cuidar. Siempre, de todo.

Cuidarnos de no caminar solas a ciertas horas, cuidarnos en lo que decimos y frente a quién, cuidarnos de cómo expresar nuestro feminismo. Resulta, sí, que tenemos que cuidarnos de cómo caiga la lucha que encaramos como mujeres para derribar al patriacado, que es el sistema que nos mata, por querer vivir en un sistema donde el cuerpo en el que nacimos o que decidimos tener no sea nuestra propia amenaza. Y tenemos que cuidarnos en cómo lo expresamos, porque puede caer mal, resulta, puede ser molesto a la vista, ridículo. Tenemos que cuidarnos de la capitalización de nuestros reclamos en contra de nuestras voluntades. Tenemos que cuidarnos. Tenemos que cuidarnos de dejar de gustar. Porque si sos feminista no te gusta el sexo, sos una frígida asexuada y odias a los varones por eso. ¿Se ve lo perverso? Si lucho por mi libertad sexual, por poder coger con quien quiera y no ser violentada sexualmente, entonces directamente me sacan el sexo. Porque otra vez el poder sobre mí no lo tengo yo. Soy aburrida, no atraigo. Y lo único que tengo que hacer es cuidarme de no dejar de atraer. Entonces, tengo que sumarme al chiste “entre nos” con algunxs compañerxs para que sepan que me gusta el sexo y que soy hétero. Porque si lo dudan, el problema no es de ellos, el problema es mío, qué mina aburrida soy, siempre tan extremista. Dejo de ser deseada. Pero si quiero ser muy deseada, el problema es mío, porque no me lo busqué, pero sabiendo cómo está “la cosa” me estoy poniendo en riesgo con esa pollera. Yo soy la arriesgada.

Y pienso y sigo pensando, en Araceli, que era mujer paquera, parece. Por ende sujeta a ser cortada en ocho pezados y tapada con cal. Y pienso en Micaela, bandera de las derechas más recalcitrantes para pedir siglos de cárcel y violación para lxs pibitxs robaestéreos. Esa derecha que a Micaela la odiaba, y la odiaba por negra, militante, y por el short animal print con el que salió aquella noche. La odiaba por no querer que sigan matando a sus compañeras, y sobre los restos y en nombre de esa negra trola que había cagado al novio, alzan sus voces para pedir todo lo contrario a aquello por lo que ella vivió.

Y pienso más, en esta semana, y en cómo me reí junto con un amigo que adoro infinitamente cuando me contó que a su hijo de 11 años, la novia que tenía lo dejó por WhatsApp “porque quería ser libre”. Me reí con ternura, ¿qué libertad puede necesitar una nena de 11 años? Y noto que me descolocan esas palabras, como hija sana del patriarcado que soy. Porque cada vez que insulto digo hijx de putA (y acá no cabe x, nunca es de puto, es de puta), la puta que te parió, la concha de mi madre, etc. Porque la primera vez que fui al Encuentro Nacional de Mujeres, enviada por mi organización, me daba vergüenza que se sepa, porque qué van a pensar los pibes que me gustan, qué aburrida, qué frígida, qué torta. Y ojo que en la ciudad más gayfriendly de Latinoamérica, todo bien con los putos, pero torta sigue siendo mala palabra. Porque son mujeres, y de las feas. Y no es genuino, la torta es o una reventada que está con otras minas porque quiere ratonear pibes, o una resentida que nunca pudo estar con un tipo, por fea.

Y pienso también que maduré un poco. Que no me avergüenza decir que soy profunda y activamente feminista. Que puedo decirlo, que no es poco. Que entendí que no soy menos canchera ni menos sexual por escribir con x la letra correspondiente al género. Entendí que la lucha histórica de millones de compañeras es la verdadera bandera de la Justicia Social que siempre me movilizó. Entendí que sigo, como todxs en distintos momentos, reproduciendo lógicas patriarcales, porque hipócrita y poco útil sería creerme por fuera. Pero me siento determinada a, al menos, reconocerlas para combatirlas. Pero también me cansé de que, ante esta reflexión, surjan victoriosos “¡viste que las mujeres también son machistas!”, porque de nuevo pone la verdad por fuera de nosotras, que siempre pero siempre nos equivocamos, histéricas de mierda que somos. Sí, con un poco de pudor por la autoevaluación puedo decir que creo que maduré un poco. Porque aprendí de valiosísimas compañeras, que militan la igualdad con una ferocidad que muchxs de nosotrxs deberíamos al menos intentar. Y empecé a ver para el costado, y somos un montón. El feminismo, con sus infinitos matices, tiene un fenómeno de horizontalidad y un compañerismo a la par que nunca vi en ninguna otra experiencia política, dentro de mi corta y humilde experiencia. Quizás sea porque el denominador común es que nos matan, y primero tenemos que garantizar estar vivas.

Somos muchas las que nos cansamos de excusarnos, de aclarar que nos gusta coger, de aclarar que no odiamos a los varones, de avergonzarnos de militar apasionada pero también muy racionalmente lo que sentimos, de callarnos la boca. No nos importa lo que piensen sobre eso, tendrán que resolverlo. Para quejarnos acerca de la sectarización, falta un larguísimo trayecto por la sectorización. Hoy el grito es nuestro y lo militamos como nos parece.

A cuatro días de mi cumple número 28, no puedo dejar de pensar en las ganas que tengo de ver a mis amigas y de abrazarnos. Porque hoy podemos hacerlo y porque en el silencio de
ese abrazo sabemos que estamos agradeciendo tenernos vivas. Porque el taxi llegó y nos tenemos acá.

Y estoy harta, pero a la vez esperanzada, porque realmente somos un montón las que estamos resueltas a no callarnos más, y porque si la frase “convertir el dolor en lucha” es un significante vacío aplicable a diferentes causas, el dolor es tan profundo que la lucha será insaciable.

Hasta la victoria, Compañeras hermosas.

¡Vivas, libres y luchando nos queremos!

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