VENEZUELA EN UN MAR DE ENCRUCIJADAS

Por Miguela Varela

Según la Real Academia Española, el término encrucijada contiene tres significados: lugar donde se cruzan dos o más caminos; ocasión que se aprovecha para hacer daño a alguien, emboscada, asechanza; y situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir. Las tres definiciones ilustran perfectamente lo ocurrido en Venezuela.
Actualmente la nación bolivariana se encuentra teñida por dos crisis que se retroalimentan: una económica y otra político-institucional, que no encuentran salida. Cada paso que se intenta avanzar para descomprimirlas, termina en una mayor agudización de tensiones. En este contexto, se anuncia la polémica decisión del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) de asumir las funciones legislativas ante una Asamblea Nacional (AN) declarada en desacato. Se trata de un episodio más, en una trama compleja y agitada.
Ante la búsqueda desesperada de inversiones para Petróleos de Venezuela S.A (PDVSA) que permita una fuerte inyección de dólares, surge la necesidad de crear empresas mixtas sin la aprobación de la AN, que se encuentra con amplia mayoría opositora. De esta forma, asistimos a un escenario de crisis económica que se nutre de factores estructurales como la primarización y la dependencia casi exclusiva del mercado internacional, y de una “guerra económica” que impulsan los sectores concentrados, en un contexto que se complicó con la caída de los precios del petróleo.
En este marco, Maduro se encontró ante una encrucijada: avanzar con medidas económicas que puedan mejorar la situación aún desconociendo el accionar de AN, o contener la crisis política y retrasar la creación de empresas mixtas. Sin duda, elegir la primera opción no iba a pasar desapercibida por la derecha global ni por los medios de comunicación hegemónicos, que están a la espera de la primera chispa para destituir a Maduro. Ahora bien, ¿fue una decisión acertada profundizar la crisis política a este nivel de repercusiones sin un plan B? Es confuso pretender agitar el escenario con la oposición y, tras el revuelo, sólo retroceder como lo anunció el Presidente el sábado por la noche.
Tampoco es válido disfrazarnos con tecnicismos tales como “no es un golpe de estado ya que no se disolvió la AN ni se convocaron a elecciones legislativas”, o “la oposición podría destrabar la crisis apartando a los tres diputados de la Amazonía”. ¿Quién puede creer que la oposición venezolana le facilitaría las cosas al gobierno? ¿Los mismos asambleístas que hace algunos meses acusaron al Presidente de abandonar su cargo y propusieron llamar a elecciones anticipadas? ¿En qué momento llegamos a tal nivel de ingenuidad?Como en todos los escenarios políticamente inestables, no es posible cometer este tipo de errores.
Una medida como la sentencia del TSJ puede ser legal, pero claramente altera el panorama de tal forma que, si se esperaban atraer nuevas inversiones con la creación de empresas mixtas salteando a la AN, es probable que suceda todo lo contrario. Ahora todos los focos están sobre Venezuela, esperando el más mínimo error del gobierno para acusarlo nuevamente de “golpe de estado”. Hasta los organismos internacionales se han sumado a la ofensiva, especialmente la Organización de Estados Americanos (OEA) y el Mercosur, quienes pretenden asfixiar al gobierno venezolano con sus cláusulas democráticas, sea en forma de sanciones económicas o con una suspensión/expulsión.
Todo esto sumado a un contexto regional que no parece ayudar demasiado: incidentes y muerte de un dirigente político en Paraguay, homicidios de tres periodistas en México durante el último mes, crisis política e institucional en Brasil, hervidero social en Argentina. Una América Latina que sólo parece condenar el accionar de aquellos países  donde no gobierna ni la derecha política ni la económica.
A Nicolás Maduro sólo le resta esperar que pase el temblor, seguir contando con el respaldo de China y Rusia y rezar por la victoria de Lenín Moreno en Ecuador.

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