En el año 1957 Juan José Hernández Arregui escribe “Imperialismo y cultura” y, entre otras cosas escribe:

“Rodríguez Larreta, poeta glacial, sin inspiración, laborioso tejedor de metáforas sin sangre, compositor de literatura apócrifa, sus beaterías heráldicas reproducen el distanciamiento olímpico de las clases superfluas, en las que un romanticismo posthistórico se vale de las formas modernas de expresión para edificar un embaucamiento espiritual que es al mismo tiempo reflejo de una aristocracia sin blasones. Rodríguez Larreta es hispanófilo. Pero lo hispánico, en él, es lo feudal, lo estancado. Rodríguez Larreta pertenece a la burguesía liberal que pretende tener una prosapia, una historia, un lejano aroma europeo, aunque sea español. Y entonces, para no comprometer la filosofía de su clase, le ofrece una poesía de necrópolis, donde el apellido se reconcilia con la colonia, la colonia con el modernismo y el modernismo con ese liberalismo victoriano que anuncia la predilección del poeta -ya en su ilustre ancianidad- por el petróleo inglés”

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