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UNA GRIETA LLAMADA TRUMP

Por Miguela Varela

Mucho hemos escuchado sobre la grieta en Argentina desde la llegada del kirchnerismo a la política nacional. Un concepto utilizado por los medios hegemónicos para estigmatizar las contradicciones sociales, políticas y económicas que este espacio político puso sobre la mesa. Es cierto, esa grieta existe, acá y en el mundo. Sin embargo, es más interesante analizar la categoría “grieta” a nivel mundial, especialmente en el contexto electoral de los Estados Unidos.

Los comicios norteamericanos, independientemente de su ganador, evidencian que gran parte de la sociedad apoya a un “anticandidato” que cuestiona los pilares básicos de la globalización neoliberal, que va desde la eliminación de las barreras fronterizas hasta la apertura comercial a ultranza. Trump retoma un discurso nacionalista, xenófobo y antiliberal porque expresa el sentimiento de “los blancos” que sólo vieron por televisión los éxitos neoliberales: una clase media con cada vez menos empleo y con una casi inexistente seguridad social, ven con buenos ojos el cuestionamiento a la anarquía financiera. La candidata del establishment, por su parte, cataloga a Trump como un candidato antipopular, pero si miramos de cerca podemos observar que éste no propone ni una reducción del gasto público ni un recorte de los programas sociales. Su ataque se centra en los tratados de libre comercio y en aquellas empresas que decidieron deslocalizar sus producciones para achicar costos. Básicamente, el republicano apela a recuperar y sostener el empleo, algo que no preocupa a la elite financiera que apoya a Hillary Clinton. Trump no interpela a las minorías que caracterizan a la nueva sociedad estadounidense, sino a los “blancos tradicionales” que ven en los chinos y en los mexicanos a sus principales enemigos económicos. Entonces, estas elecciones hay que analizarlas en el marco de una grieta global que cuestiona el entramado político y económico internacional, que en el caso de Estados Unidos se materializa en los votantes de Donald Trump.

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No obstante, la grieta toma diversas nuevas formas. El auge de los partidos de la ultraderecha europea, como el caso de Amanecer Dorado en Grecia o de Le Pen en Francia, muestran un nuevo paradigma en términos de partidos y discursos políticos en un contexto de globalización donde parecía inviable el resurgimiento de un relato antiinmigrante y xenófobo.

Además, decisiones antiestablishment como el Brexit en el Reino Unido son otra señal de alerta de parte de la sociedad global, que vinculan a los esque

mas de integración regional con la inestabilidad económica, la pérdida de identidad nacional y la nula participación social en las decisiones políticas. Fue un grito desesperado, no sólo contra la Unión Europea y sus dirigentes, sino también contra los decisores de la Troika.

Como si fuera poco, la crisis de los partidos políticos tradicionales tanto en Europa como América Latina y Estados Unidos, es cada vez más explícita. Desde el surgimiento de movimientos como Podemos en España, hasta el triunfo del PRO en Argentina, pasando por el hartazgo del pueblo norteamericano hacia demócratas y republicanos, según el cual un 60% considera necesario el surgimiento de un tercer partido.

Por otro lado, América Latina también nos enfrenta a una realidad que hace algunos años resultaba impensable: los poderes concentrados no sólo pueden ganar elecciones libres, sino que además pueden movilizar al pueblo y constituir una sólida base social que los perpetúe en el poder. En este punto, el caso de Venezuela es pragmático, si consideramos los últimos acontecimientos donde se expone la disputa por “tomar la calle” entre el PSUV y la oposición.

Lo importante de las elecciones en Estados Unidos no es el resultado, sino la grieta que existe y que es más profunda de lo que pensamos.

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