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El Olimpismo

Por Juan Carlos Rodriguez

El sueño de estar entre los grandes, entre los mejores del mundo, sin sed de triunfalismo… Estar simplemente, como deportista, como entrenador, como alguien que forma parte de un colectivo que busca trascender en términos culturales – si se quiere – porque el deporte es patrimonio de una cultura, es un emergente social, que se introduce en tu cuerpo y te provee de una pasión única.

El deporte, la competencia en su máxima expresión, en las lágrimas de los derrotados en las lágrimas de los triunfadores, en las sensaciones que transmiten los atletas a cada televidente, se contrapone con lo que hoy puede ser un producto comercializable y sufre los avatares del capitalismo, tanto en costo de entradas como en la posibilidad casi nula que tienen los países emergentes de ser organizadores. Sin embargo, esa son las condiciones que también hacen más noble la participación de quienes no luchan en el medallero para imponer su hegemonía política, la guerra fría y los boicots que hoy no se hacen visibles o más bien se disimulan.

Modelo de sociedad deportiva. O de cómo se “hace” un deportistatoledo braian

Ahora bien, ¿cómo se “hace” un deportista? ¿Cómo se logra que un atleta dedique cuatro años de entrenamiento intensivo a estar 10 segundos en una pista de atletismo, cómo se hace para batir un récord o para emocionarse y dejar la piel en el intento, para recibir el aplauso de la tribuna, el reconocimiento? Un jugador o un atleta es producto de muchas variables. En primer lugar, creo yo, variables genéticas pero seguidamente, están las condiciones de acompañamiento, la orientación, los aprendizajes técnicos que algunos pedagogos (del palo de la educación física!) desconocen o desmerecen lamentablemente en la edad de oro, entre los 7 y 10 años en donde el niño es altamente receptivo. Es a través de los juegos, con los “mini” deportes, donde se inicia el camino. Lo mejor es que prueben, ensayen y se equivoquen jugando a ser Manus, a ser Messis.

¿Cómo se logra un joven deportista? También de diversas formas. Hay algunos deportes que son “nacionales”: uno levanta una piedra y sale un futbolista por ejemplo, pero un/a jugador/a de voleibol, de basquetbol o un/a atleta, conlleva – al menos en el plano local-  unos cinco años, como para que no desentone en competencias nacionales, que pueda “jugar” en cualquier lugar sin atravesar sobresaltos y, en algunos casos, hasta logre llegar a vivir de ello. Cinco años para una gran preparación psicomotriz, cinco años o más que no pueden depender del voluntarismo de algunos. El deporte de alto rendimiento, se mide en términos personales, locales, regionales hasta el olimpismo del que hablamos y representa también la medida de la superación en el marco de las condiciones que permitan a las/os deportistas llegar a grandes deportistas.

Para llegar a un sueño, a una real participación, a codearse con los grandes hay que ensanchar la pirámide, la famosa “pirámide del deporte masificado” y para eso se necesita un modelo más bien nacional y popular. ¿Por qué se sostiene esta pseudo teoría? Muy simple, porque la planificación, control de gestión, el desarrollo, la capacitación y la optimización de recursos, sólo pueden llevarse a cabo a través de políticas públicas de alcance masivo, de planes que promuevan la inclusión de las/os niñas/os en programas de protección donde se respeten y garanticen sus derechos: derecho a tener acceso al deporte, a una buena alimentación, a cobertura médica y social, a competencias acordes a su edad y a poder formarse y educarse en este mundo de juegos felices, tan felices como los que después nos devuelven en una medalla o un diploma. Para todo eso, se requiere decisión política, decisión de los gobiernos nacional, provincial o municipal, el apoyo del Estado como figura que garantice las mejores condiciones posibles de inclusión para el desarrollo de la niñez y adolescencia. El foco donde invertir siguen siendo las/os pibas/es. Un niño, una niña, no responde a través de un programa de entrenamiento, pero sí con una planificación acorde que incluya la posibilidad de jugar todos los días, en la que la escuela debe ser de colaboración en este recorrido, porque ahí está la contención, ahí en muchos casos, encontramos el último bastión de Estado.

manu-usaEl equipo, “lo colectivo” y el aprendizaje conjunto  

¿Cuánto sacrifica cada deportista? ¿Cuántas otras cosas deja de hacer? ¿Vale la pena si sólo el 0,01 % llega al alto rendimiento o a estar en las mieles del deporte profesional? Bien, yo creo que sí, rotundamente sí vale la pena, no sólo uno debería cuantificar el valor de la cooperación, del aprendizaje en conjunto, de convivir en equipo (algo tan opuesto a los paradigmas neoliberales), sino también el hecho de que la enseñanza de perseguir los sueños se convierte clase a clase, entrenamiento tras entrenamiento en la utopía de seguir caminando.

Hay un punto extra sobre el que cabe reflexionar y es el desempeño de la mujer en la competencia, es el valor agregado por el esfuerzo contra todas las adversidades, contra lo que cuesta incorporar la idea de género y desmitificar al deporte de la mano de las grandes heroínas de la actualidad. La propia “condición” femenina la hace adoptar (tal vez como condición de una “doble lucha”) el tesón del espíritu inicial de los juegos olímpicos, ese del lema más alto, más rápido, más lejos, convirtiendo a las atletas y deportistas en representantes de la fuerza interior, la resistencia, la estética, la belleza y la inteligencia. Por todo esto y aún a riesgo de exagerar, permítaseme trazar un paralelismo con las luchadoras sociales que han ennoblecido a nuestro continente.

Si nos convencemos de que se puede vivir “del” deporte, ya sea como deportista profesional, como entrenador, como árbitro, delegado, médico, nutricionista, kinesiólogo, etc., significa que reconocemos una fuente laboral importante, que podría plantearse como un derecho. Para ello se necesita de “lo colectivo”, de que todos nos ocupemos de apoyar este tipo de políticas públicas, de que los representantes de gobierno den continuidad a lo construido hasta ahora y generen herramientas para esto.

También se puede vivir “para” el deporte, considerando que se trata de un aprendizaje permanente, de cuidarse y cuidarnos, de mejorar de a poquito, desde una concepción que nos mejora la salud, la calidad de vida, y nos brinda estrategias para lo cotidiano. Quienes han pasado por esta concepción del deporte vuelven siempre… Vuelven como padres, como dirigentes, vuelven como “militantes” de esta pasión.

Uno se llena de emociones cuando se baña de olimpismo y ve un olímpico en cada pibe de los Juegos EvitaPareto oro  (alguna vez proscriptos por la dictadura), ve un olímpico en cada chica/o que ronda el club, el barrio o la canchita improvisada como se pueda. Uno aprende y no puede menos que respetar a entrenadores como Julio Velasco, técnico de la Selección Masculina de Voleibol, que en su sencillez y honestidad brutal te desarrolla con sinceridad el por qué de una victoria o una derrota y te devuelve a la realidad, a entender dónde estamos en el mundo por más que creamos que somos fenómenos. Velasco detalla sin misterios cómo hizo su trabajo y de paso nos da una lección de vida! Se convierte, aunque sea por un rato, en el referente más admirable en el medio de la vorágine diaria, saturada de periodismo barato. Es así, un tipo (un “Señor”) para la pelota y te explica, nos despierta el orgullo y  tremendas  ganas de hacer cosas relacionadas con el deporte,… eso se llama compromiso.

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