cintillo_defondo

CUENTO

OIR

Por Gustavo Vera
Retrato Ivana Chiarelli

Sin embargo, y a pesar de todo, escuchaba. Podía hacerlo perfectamente, escuchaba todo y cada cosa que decían acerca de ella con claridad, sin esfuerzo. El “no pasa de esta noche” o el más optimista “la veo con mejor semblante”, y hasta el irreal “para mí ya está mejorando”.  Todo, lo escuchaba todo. La capacidad de oír era lo único que le quedaba en perfectas condiciones. Era una paradoja de su vida, ella que estaba acostumbrada a ser oída, a ser escuchada con admiración y con odio, con amor y con repulsión, ahora sólo podía escuchar. No podía pronunciar sonido alguno y empezaba a olvidar el tono de su voz, ese de color aterciopelado con una pizca arrabalera que se había convertido en el sonido más escuchado de la época. No era una práctica que amara la de escuchar, ya lo había hecho por mucho tiempo, ya sabía perfectamente cuáles eran las cosas que necesitaban aquellos que hoy rezaban por ella, porque ella era ellos, porque ella había nacido en donde habían nacido ellos. Entonces para qué seguir escuchando, era preferible hablar, hablar y hablar para decir fuerte y claro cuáles son las cuestiones que importan, cuáles son los buenos y cuáles son los malos. Porque en el mundo hay buenos y malos. Los buenos son muchos más, pero tienen mucho menos poder que los malos que son pocos pero poderosos.
Entonces hablar y hablar y hablar, para que los que tengan que escuchar como son ahora las cosas sean los malos, que por supuesto no estaban acostumbrados a que nadie les hable y menos aún a los gritos.

Así y todo lo sabía. A pesar de cualquier cosa que pudiese escuchar lo sabía. Iba a morir, no había vuelta atrás. Sería hoy, tal vez mañana, la semana que viene, pero moriría. Su destino estaba escrito. ¿Pero sólo su muerte estaba escrita?, ¿o toda su vida lo había estado?
Ella creía en Dios, pero no simpatizaba para nada con aquellos que se arrogaban ser los dueños de la palabra de Dios. Esos formaban parte de los malos. Esos lo iban a traicionar a él, como seguramente lo harían los hijos de puta de verde que lo adulaban. Lo iban a traicionar estaba segura, pero ya no tenía fuerzas para decirle nada, se lo había dicho de mil maneras, hasta le había propuesto que les saque las armas y se las dé a los que rezaban por ella.
Tenía un confesor es cierto, sin embargo, se tomaba muy poco en serio el tema de contar sus pecados, que sus pecados los juzgue el pueblo pensaba, o escuchaba, o ya no sabía si lo que escuchaba era su mente o alguien que estaba cerca de ella, apenas podía abrir los ojosEVITA_IVANACHIARELLI.

Ella que siempre se había sentido orgullosa de sus curvas y sus pómulos rellenos, estaba tan flaca que ya pesaba menos que los años que tenía. Así y todo había pedido, cuando todavía podía hacerlo, que nunca la dejaran estar desalineada. Aun en el lecho de muerte una mujer tenía que estar lo más hermosa posible. Eso les molestaba a ellas. Tal vez fuese lo que más les molestaba. Preferían que el tirano les expropie hectáreas antes de verla a la negrita vestida con las mejores ropas. Porque ellas y ellos piensan que los pobres, los que son pueblo tienen que ser pobres en todos los ámbitos de su vida. Entonces, una mujer pueblo debía vestir como lo que era; las grandes ropas eran sólo para las grandes mujeres. Y sobre todo la odiaban porque era hermosa, porque los trajes púrpura le quedaban mucho mejor a ella que a ellas.

Ese día estaba realmente hermosa, frágil como una cajita de porcelana pero hermosa. Ese día en que su voz se le cortaba por la emoción y por la debilidad física estaba hermosa como siempre y había estado brillante. Había pensado en escribir qué decir aquél día, sin embargo, luego prefirió pararse y empezar a hablar. Y como siempre, y como cada vez que se paraba ante ellos, las palabras salían de su boca con la fluidez de un río. A pesar de que el sonido de cientos de miles llorando había logrado hacerla temblar, ya no de dolor sino de emoción, durante algunos momentos. Y ahora que realmente había dejado jirones de su vida, ahora que realmente iba a entregar la vida a ellos, a sus grasitas, tenía miedo, porque lo sabía: iba a morir.

Siente que tocan su mano, hace rato ya que no sentía contacto en su cuerpo. También empezaba a olvidarse de lo que era eso. La tocan, la acarician y escucha con claridad, con fuerza: “Descansá, descansá”. Era su voz, la de él, la del hombre que la había cautivado, al que amaba y admiraba y hasta a veces odiaba como se odia nada más que al que uno ama profundamente, enloquecidamente, hermosamente, Y entonces le hizo caso y descansó, sólo porque él se lo pidió.
Eran las 20:25 de un 26 de julio. Se fue, pero al instante volvió y se hizo pueblo.

 

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