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SEMANA DE DERECHOS HUMANOS

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UNA DE TANTAS

Por Gustavo Vera

Ilustración Bernasconi

Camilo la abrazó como si no la hubiese visto en años. En realidad sólo habían pasado diez horas desde que lo había dejado en la puerta del jardín de infantes. Pero Camilo era así, siempre la abrazaba y la llenaba de besos. Y ella se dejaba porque lo disfrutaba y lo abrazaba también. Camilo, Mariana y Juan se habían mudado a ese barrio pobre y alejado hace apenas un año y medio. Tenían dos, veintidós y veinticinco años respectivamente. Ella había quedado embarazada a los diecinueve. Se habían conocido en la facultad, como tantas otras parejas o como ninguna. Su romance no tenía nada de extraordinario, ni de heroico, ni siquiera había sido demasiado romántico. El bar de la Facultad de Derecho, el Che Guevara, los cigarrillos Particulares negros y el Prólogo de Sartre a Fanón los habían juntado. Él le habló algo (sólo un poco) del Hombre Nuevo; ella lo escuchó ya sabiendo de qué cosa hablaba, pero dejándolo que se luzca un poco, sólo un poco. Se hicieron amantes, al principio sin amor, en los primeros momentos todo era puramente sexual. Algo no muy espectacular para ella realmente. Una o dos veces le fingió un orgasmo un poco escandalosamente para hacerlo sentir bien. Pero al poco tiempo el orgasmo apareció y también los sentimientos. No se había dado cuenta que lo amaba, que ya estaba embarazada.

Mariana era una chica de esas que abundan en este país. Ese tipo de mujer que sin ser furiosamente bella, lo es y mucho. Había nacido en una prospera familia burguesa de esas que también se encuentran por miles. A los dieciséis años ya misionaba en villas de emergencia y barrios carenciados: alfabetizaba, ponía ladrillos en casillas y preparaba mate cocido. Era católica, o eso era lo que le habían dicho que tenía que ser, hasta que un día se cansó de la Iglesia y empezó a buscar otros ámbitos para participar. Su alejamiento se debió a sus escondidas lecturas de Marx y a que se había decepcionado mucho con el primer hombre de su vida: un joven cura responsable de la villa donde ella misionaba, que finalmente y luego de mucho pensar, había optado por Jesús en vez de por Mariana. Al Partido entró cuando lo conoció a Juan. Él fue el que la llevó a la primera de las reuniones aun antes de que sean novios. Y todavía mucho antes de que se casaran, porque eso fue lo que tuvieron que hacer cuando se enteraron que tendrían un hijo. Se casaron de apuro y presionados por los padres de ella, pero sobre todo de él.

Juan había nacido en el seno de una familia de clase alta y ultra católica. Nunca supo por qué su madre no había sido monja teniendo en cuenta lo entregada que estaba a la Iglesia. Su papá era estanciero y su tatarabuelo había luchado junto a Mitre en Pavón. Juan empezó a militar cuando ingresó a la facultad, nunca lo hubiera podido hacer en el colegió al que lo mandaron sus padres, o tal vez sí, pero no donde él quería. Ni bien arrancó sus estudios universitarios se afilió al Partido. Prácticamente su entrada a los estudios superiores había sido para poder ingresar en algún lugar alejado de lo ultramontano de su familia. Siempre ocultó su origen en el Partido. Se lo ocultó a Mariana todo el tiempo que pudo, hasta que sus padres le ordenaron que les presente a la chica con la que iba a tener un hijo.

Cuando nació Camilo ya estaban casados hacía meses. Vivían en un coqueto departamento de los padres de Juan cerca del Centro, pero sentían asco por sus vecinos. Sí, asco era la palabra por aquellos que los rodeaban y que tan poco tenían que ver con ellos, con sus pasiones, con sus inquietudes, con su vida. Tal era el malestar que les causaba el lugar donde vivían que prácticamente lloraron de alegría cuando desde el Partido se les comunicó que debían mudarse a aquél barrio alejado y pobre. Pero no sólo era la alegría por irse de ese barrio de burgueses y oligarcas, era júbilo porque iban a poder mezclarse, ser parte y adquirir ideología proletaria de una buena vez. La orden era clara: Juan debía entrar a trabajar en el astillero para de esa forma empezar crear conciencia revolucionaria en los trabajadores.

Sus padres, muy especialmente los de Juan, no podían entender cómo es que habían dejado el cómodo departamento cerca del Centro por esa casilla en ese barrio alejado y pobre. Y para peor, les parecía inaceptable el hecho de poder ver a su nieto a penas una vez al mes. Cómo era posible que su hijo educado en los mejores colegios hubiera terminado con esas ideas. Porque aunque Juan nunca había blanqueado su activismo político, ellos sabían perfectamente de su militancia. Y la sufrían, sobre todo su madre. Así y todo cada vez que su hijo, su nuera y su nieto la venían a ver, los trataba de la mejor forma posible e intentaba que se llevaran plata y comida, que ellos nunca aceptaban.

Los primeros meses en el barrio habían sido enormemente duros para Mariana y Juan. El trabajo era extenuante en el Astillero, jornadas maratónicas en las que casi no quedaba tiempo ni fuerzas para poder hablar de política o de derechos de los trabajadores. El castaño claro que portaban como color de pelo ambos tampoco ayudaba mucho. En el barrio se era morocho o no se era. Quiénes eran estos dos que habían salido de la nada y que eran tan blancos como la leche. Tan difícil había sido la cuestión de la tez y el cabello, que Mariana estuvo a punto de teñirse de negro azabache el pelo. Ella no trabaja en el Astillero, esa era tarea de Juan, su función era mezclarse entre las mujeres del barrio y organizarlas. Había conseguido trabajo en una peluquería.

Sin embargo, con el trascurso de los meses la vida mejoró. Los vecinos del barrio ya no los miraban con desconfianza plena, el cuerpo se le estaba empezando a acostumbrar a Juan a las tareas del Astillero y hasta habían podido armar una reunión semanal de media hora con un grupo de trabajadores y sus mujeres. La cosa mejoraba pensaba Juan, mientras miraba a su mujer calentar el agua para el primer mate de la mañana en la pequeña cocina de la casa. Seguía siendo hermosa como la primera vez que la vio, pensó. Buen culo, buenas tetas, linda cara, y esa mirada capaz de perder a cualquier desprevenido. Así y todo hace ya más de un mes que no le hacían el amor. Y no era porque ya no le gustase, se sentía cansado, estaba extenuado y tenía cosas más importantes que hacer que pensar en calentarse y coger con su mujer aunque tan sólo sean unos pocos minutos. Así y todo pensó que esa noche al regresar del trabajo la iba a volver a amar como solía hacer y mucho, como cuando se conocieron en la Facultad de Derecho. Hoy cortaría la racha de días y días sin siquiera pensar en sexo.

Juan nunca volvió a su casa. Ese día el Astillero fue intervenido por grupos de civil que se llevaron secuestrados a más de diez trabajadores, entre ellos a él, ante la mirada cómplice de los dueños de la empresa. Mariana caminaba con Camilo en brazos cuando escuchó sirenas que venían del lado de su casa. Por un momento se paralizó y pensó en todo lo que estaba a punto de perder y en todo lo que había entregado a esa causa. En ese instante no pensó ni en Juan, ni en su familia, ni siquiera en Camilo, solamente pensó en ella, en su cuerpo, en su vida, en su joven vida. Y se preguntó para qué. Pero sólo fue un suspiro, ese pensamiento apenas duró uno segundos. Sabía muy bien para qué. Tenía bien claro por qué ella estaba en donde estaba y no se arrepentía. Entonces sí miró a Camilo y al instante tocó la puerta de una vecina, nada tuvo que explicar, la señora entendió todo sin preguntar nada. Le pasó el niño y le anotó en un cuaderno el nombre de su suegra y su teléfono. Lo abrazó, lo beso y se fue. Nunca más se la vio.

Treinta años después Camilo encontró los restos de sus padres, habían sido dinamitados y enterrados en una fosa común en un cementerio cerca de aquel barrio pobre y alejado en el que había pasado sus primero años. Se abrazó con su abuela y lloraron durante horas. Luego ella se puso el pañuelo blanco en la cabeza y salió, era jueves y como todos los jueves había ronda en la Plaza.

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