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LA COMUNICACIÓN ESCLARECIDA O EL POS DESPLAZAMIENTO

 

Por Gustavo Vera

Los ochenta son para Latinoamérica, años de transformaciones y cambio de paradigma. Las sociedades experimentaron en el comienzo de lo que luego fue llamada “la década perdida”, una esperanza efervescente en dejar atrás rápidamente el infierno de oscuridad que habían sido las dictaduras cívico-militares. Las ciencias sociales y entre ellas el campo de la comunicación no fue la excepción a este proceso de cambio de perspectivas y de prácticas. Por primera vez, el eje del análisis centró su mirada en el receptor y en la capacidad de éste de resignificar y de resistir los discursos de los medios de comunicación.La teoría de la Aguja hipodérmica, en la cual el mensaje de los medios de comunicación se insertaba en los receptores y producía respuestas uniformes y manipuladas y en donde la audiencia no tenía ninguna capacidad de re interpretar y resistir, estaba caduca. “El gran desplazamiento” se puso en marcha. Esta nueva forma de pensar la comunicación tuvo su anclaje teórico en lecturas como La Escuela de Birminghan, muy especialmente de Raymond Williams y sus EstudiosCultuales, de Foucault y por supuesto de Gramsci, todo esto al calor de las nuevas Facultades de Comunicación que poco a poco empezaron a aparecer en todo nuestro continente. En este marco, en el año 1987 el colombiano Jesús Martín Barbero publica su libro De los medios a las mediaciones, Comunicación, cultura y hegemonía y con él una nueva forma de pensar la comunicación empieza a volverse dogma en nuestra tierra. Dice Adrián Pulleiro en su trabajo titulado La radio alternativa en América Latina, Debates y desplazamientos en la década de 1990 sobre aquel libro del colombiano:

          “Barbero propone una manera de concebir la actividad de los sectores subalternos: un enfoque
que buscará fisuras donde antes predominaba la idea de sistema infranqueable; que hablará de construcción y reconstrucción de hegemonía donde hasta ese momento se
denunciaba la dominación; que partirá de la existencia de diversas y múltiples voces
donde se percibía homogeneidad y alienación; y que postulará conflictos y resistencias donde se veía mera complicidad”.

Desde el libro de Barbero a esta parte, en nuestro país pasó un vendaval de cosas en lo que a comunicación se refiere. Los noventa y la mega concentración mediática, en el marco de un proyecto político mundial que llegó para desmantelar todo atisbo de estado de bienestar y cualquier cosa que sonara a colectivismo, su respuesta a través de la conformación de un espacio de resistencia y de construcción de pensamiento crítico para hacer frente a la homogenización del sentido y que dio lugar a la creación de los 21 puntos para una comunicación democrática y finalmente en el marco de un gobierno popular y con una presidenta valiente como ningún otro, se sancionó una ley de medios con claro espíritu desmonopolizador, que puso fin al decreto-ley de la dictadura cívico militar.

mediosPero no sólo fue esto. Los últimos años corrieron el velo invisible de simples trasmisores de mensaje que tenían los medios de comunicación para mostrarlos a todas luces como verdaderos poderes fácticos que defienden intereses políticos y económicos concretos. Y además, y por su fuera poco, la principal respuesta contra hegemónica a los grandes medios de comunicación se dio desde el Estado que era atracado con virulencia por los que veían amenazados sus intereses. El “Clarín miente” fue la más lograda y efectiva respuesta al discurso dominante. Dos palabras desmontaron años de construcción de sentido de un grupo de medios que había hecho un dogma de la objetividad y del pretendido periodismo independiente. Y entonces, vimos hasta el hartazgo como supuestos progresistas de los medios se convirtieron poco a poco en lobistas de los grandes grupos económicos,demostrando dos cosas: la primera que su progresía era simplemente un berretin burgués en años donde estar a la izquierda de Menem era de muy fácil impostura, y la segunda que la práctica política moderna que el Kirchnerismo recuperó, exacerbaba hasta límites de odios insospechados al posmodernismo político de los noventa, en donde los periodistas era n agentes sociales donde descansaba la denuncia y la crítica de una sociedad.

Sin embargo, el “Clarín miente” se enajenó, perdió su interés primordial y terminó funcionando como sintagma de victimización del grupo de medios más grande de la Argentina, en su lucha bajo todo punto de vista ilegal, de no adecuarse a ley de medios. Pero también y tal vez esto es lo peor, función como un pos desplazamiento hacía teorías de comunicación que los años ochenta habían dejado atrás. Se dirá y con justeza que una frase que refiera a la falta de verdad que los medios de comunicación tienen en sus mensajes, desde ningún punto puede retomar teorías de pura dominación del emisor sobre el receptor. Es cierto, pero el resultado de aquella operación de sentido comunicacional, de ese posdesplazamiento fue un cuadro de situación en donde un grupo chiquito de ciudadanos, una suerte de esclarecidos, somos lo que podemos resignificar los discursos de los medios y hacerles frente, mientras que la inmensa mayoría de la sociedad vive manipulada y sometida a la voluntad de la corporación mediática.

Y esto de ninguna manera quiere decir que pensemos que hay una coraza en el pueblo que le da la posibilidad de re significar cualquier cosa que le llegue del bombardeo mediático,de forma natural e instantánea. Los medios son, sin duda, una de las grandes armas que el poder concentrado tiene para dar la batalla del sentido, que no es otra que la batalla por los medios de producción. Pero de ninguna forma podemos adjudicar nuestra derrota electoral solamente al hostigamiento mediático. En tiempos donde ni ley de medios queda, urge repensar la práctica comunicacional popular (sin temor a que se mezcle con lo masivo) sobre todo para reformular aquel discurso esclarecido en donde algunos poquitos “sabemos cómo son las cosas” y otros muchos no saben nada de nada. Y debemos hacer esto principalmente porque son claros los ejemplos a través de la historia en los que el campo popular fracasó por seguir políticas de foco, y en segundo lugar porque poco tiene que ver “la iluminación del pueblo” con las bases fundacionales del proyecto nacional. Como aquella resistencia y construcción de una respuesta contra hegemónica al proyecto neoliberal que se asentó en nuestro continente por los votos a fines de los años ochenta -y que se hizo carne ya entrados los noventa- necesitó reinventarse luego de las matanzas producidas por las oligarquías vernáculas durante los años sesenta y setenta, el actual momento en donde la oligarquía, por primera vez en la historia accedió al gobierno con votos propios, también debe pensarse, reconfigurarse y militarse en todos los ámbitos. El de la comunicación que emancipa es sin duda de vital importancia, siempre que la entendamos como una práctica que sólo adquiere sentido en un proyecto colectivo que se sostenga y sea para, por y con el Pueblo.

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