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LA DICTADURA DE LAS FORMAS

 

Por Gustavo Vera

Dice Ernesto Laclau, que en contraposición con lo que pasó en Europa donde los Parlamentos fueron reductos progresistas para enfrentar a las monarquías absolutistas, en América Latina en general han expresado la voz y los intereses de las oligarquías terratenientes. Es importante aclarar que habla de oligarquías y no de corporaciones, casi como un regalo a los oídos peronistas de Guillermo Moreno, que en sus recientes apariciones públicas pide volver a llamar por su nombre al enemigo del campo popular. Porque la palabra oligarquía, desde su potencia histórica, suena mucho más terrenal que corporación que denota algo que se encuentra por arriba de cualquier mano y ojo del hombre, como una cumbre entre nubes imposible de ver. Y como ya se sabe lo terrenal se puede combatir, lo que no se ve, lo intangible, lo sacro, tiende a la reproducción infinita.

Cualquier intelectual en pantuflas podría argumentar que si lo que dice Laclau es cierto, por qué las dictaduras latinoamericanas que han representado como nadie los intereses de las oligarquías vernáculas, han cerrado sistemáticamente todos los Congresos y Parlamentos. La respuesta es que nunca sirve realizar pensamientos lineales para sacar conclusiones políticas en las ciencias sociales. Lo que el pensador pos marxista quiere decir con esto, entendemos, es que los parlamentos se han convertido en estos años de gobiernos populares de nuestro continente, en reductos de las peores prácticas conservadoras de los sectores que se negaban a perder sus históricos privilegios de clase. Y cuando decimos privilegios de clase nos ponemos bien marxistas – mal que le pese al compañero Moreno y hasta al propio Laclau, en donde quiera que él este-, porque se sabe que en última instancia la base económica determina a la superestructura y que después de todo, lo importante son las condiciones materiales. Si las dictaduras cerraban los Congresos era entonces, porque la oligarquía nunca había tenido, ni tiene, apego ideológico ni por las leyes, ni por las formas, ni por supuesto por la República. Y sin embargo, su retórica republicana, su semiótica de la libertad y las buenas formas, fueron sus mayores triunfos a través de la historia.

Desde 1930 a esta parte, la derecha logró instalar que su accionar político que siempre y en todas las épocas fue a favor de las oligarquías, era un canto a la democracia y al respeto de las leyes. Dictaduras sangrientas que violaban sistemáticamente todas y cada una de las garantías constitucionales fueron llamadas con nombres tan cínicos como “Revolución Libertadora” o “Proceso de Reorganización Nacional”. En nombre de la democracia, la constitución, las leyes, la división de poderes, la libertad de prensa y cuanta frase hecha se nos ocurra de “los amigos de la República”, se terminaba con gobiernos elegidos democráticamente por la inmensa mayoría del pueblo. Todo acompañado con la factoría de colonización de las subjetividades que son los medios de comunicación (que desde ya también son de las oligarquías) en su tarea cotidiana de legitimar cualquier accionar funesto contra el pueblo. Y esto no es patrimonio de nuestro país. No es que nuestras clases dominantes hayan inventado esta forma de actuar, no son tan inteligentes: los países imperiales muy especialmente desde la Revolución Francesa a esta parte, han colonizado a los periféricos con un marketing político que se basa en conquistar en nombre del progreso y la democracia.

Y si de marketing político hablamos, nadie lo hizo mejor en la historia de nuestro país que el partido político que llevó a Mauricio Macri a la presidencia de la Nación. Los  slogans “cambiemos” o “Revolución de la Alegría” son la versión siglo XXI de “Revolución Libertadora”, o más bien la versión focus group friendly. Pero el objetivo es el mismo: recuperar la tasa de ganancia perdida en los años de gobierno popular.

De qué nos teníamos que liberar en el año 55: de la dictadura populista que cercenaba los derechos individuales y no nos dejaba leer La Prensa, de las formas autoritarias y demagogas. Qué cosa teníamos que cambiar con alegría en el 2015: la dictadura populista que cercenaba los derechos individuales, que no nos dejaba ver la novela de la tarde y las formas autoritarias y demagogas. Y dicho esto, no nos olvidamos que hay una inmensa diferencia entre la “Revolución libertadora” y “Cambiemos”, y radica en la enorme derrota cultural que significa que la derecha haya accedido al poder armando un partido y ganado las elecciones de forma transparente, sin tirar un solo tiro y propinando la mayor derrota al campo popular de su historia. Derrota que es digna de otro análisis.

En estos doce años, la derecha volvió a instalar que existe un grupo de gente en la sociedad que se interesa por las formas, mientras hay otro sector que sólo se preocupa por el contenido, sin importarle de qué forma, valga la redundancia, se llega al objetivo. Han dicho barbaridades tales como que vivíamos en un neo estalinismo, se lo ha comparado a Kirchner con el dictador rumano Ceaucescu y en el colmo del cinismo el diario La Nación dijo que la sociedad argentina se parecía a la Alemania nazi de 1933. Sin embargo, triunfaron en aquello. Lograron instalar eso de que ellos son la “Real academia de las formas”. Y entonces, en interminables discusiones en estos años, nos hemos escuchado decir que tal o cual compañero era un “tibio”, por estar demasiado pendiente de las formas con que se hacían las cosas. Pero y cómo se hicieron las cosas: se hicieron respetando todas y cada una de las leyes de la República. Con sólo tomar como ejemplo cuatro hitos del gobierno Kirchnerista, la nulidad de las leyes de obediencia debida y de punto final, la 125, la ley que puso fin a la estafa de las AFJP y la ley de medios, observamos que todas pasaron por el Congreso y que se respetó a raja tabla lo que de allí salía.

Y entonces y para finalizar, quizás lo que quería decir también Laclau, con aquello de los parlamentos como voceros de las clases dominantes, es que con la semiótica de las formas, con la dictadura de las formas desde el Congreso, han construido sentido común que en muchos casos se ha vuelto hegemónico. Y hoy en donde la derecha muestra su verdadera cara, en donde la oligarquía da cuenta que la Revolución de la Alegría es una fiesta en el Colon donde sólo entran 500 personas y en donde la República es avasallada por decretos presidenciales a la marchanta, tendremos que aprender que las formas a ellos no les importan en lo absoluto y,  por lo tanto, a nosotros en el futuro inmediato, nos tienen que importar, no digo nada, pero si algo menos.

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