LA ÚLTIMA CARTA PARA FRENAR A LULA

 Por Miguela Varela
Foto Portada Ricardo Stucker

La avanzada conservadora no se detiene en la región. El juez de primera instancia de Curitiba, Sergio Moro, dio a conocer la condena del ex presidente Lula Da Silva a 9 años y medio de prisión que, por supuesto, complementa con la prohibición para ejercer cargos públicos por 19 años. La decisión se basa en supuestos delitos de corrupción pasiva y lavado de dinero generados por coimas pagadas por la empresa OAS al favorecer a esta constructora en contratos con Petrobras. Esta coima se materializó a través de la adquisición de un departamento, que está a nombre de la empresa.

Mientras en Argentina profundizan el ajuste económico y el poder político intenta esquivar todos los contrapesos democráticos, y en Venezuela la oposición fuerza a través de mecanismos “institucionales” derrocar al gobierno de Maduro, Brasil no es la excepción.

A un poco más de un año para las próximas elecciones nacionales, la justicia pretende invalidar la candidatura de Lula para 2018 y conseguir pronto un reemplazo para el casi extinto Michel Temer. Dicha condena se anuncia en un contexto marcado por la reciente aprobación de la Ley de Reforma Laboral por parte del Senado, una especie de destrucción de los logros sociales alcanzados en los últimos años.

Después de ensayar varias estrategias para imponer un gobierno que responda a los intereses concentrados en el largo plazo, tales como la guerra mediática, el golpe de estado a Dilma Rousseff, ahora el establishment brasilero intenta la vía judicial para bloquear al candidato que más mide en las encuestas. ¿Y qué mejor que hablar de corrupción para deslegitimar, en particular, a un dirigente popular y en general a la política? Es posible trazar un paralelismo con el actual debate que impone el macrismo y los grandes medios de comunicación en Argentina con respecto a los fueros y la corrupción. Mecanismos que se repiten y que se utilizan como el último recurso para impedir el acceso a las urnas de los representantes de las fuerzas políticas populares.

Los poderes concentrados saben que la única herramienta de los pueblos es la política, ya que las clases populares no tienen grandes medios de comunicación ni poderosas corporaciones económicas, sólo tienen la política para transformar su realidad. Y cuando la política queda deslegitimada, no queda nada. El pueblo brasilero decidirá en las calles su política y su futuro.

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